miércoles, 2 de agosto de 2017

Lecciones de economía: 2.- Mentiras, cochinas mentiras y estadísticas.



En esta segunda lección vamos a hablar de una de las aplicaciones prácticas de las matemáticas a las ciencias sociales y a la economía, que es la estadística.

Empecemos por preguntarnos qué es la estadística. La mejor definición que se me ocurre es la siguiente: La estadística es el arte de engañar  y manipular a la gente con números, utilizando políticamente la aritmética. Es una definición muy amplia pero adecuada. La palabra, como revela su etimología, procede de "estado" en un doble sentido: como situación en la que se está (status quo) y como instrumento de reducción a número de cosas y personas para su administración y gobierno (Estado como organización política); los censos eran una práctica muy común en la antigüedad: se computaba a la población para hacer recuento de los individuos a fin de administrarlos y gobernarlos.



De la mentira de las estadísticas ya nos advierte un célebre aforismo: there are three kinds of lies: lies, damned lies, and statistics:“hay tres tipos de mentiras: mentiras, cochinas mentiras y estadísticas”. El gran Eduardo Galeano nos lo explica mejor y ejemplifica magistralmente en uno de sus Puntos de vista, diciéndolo muy clarito: Desde el punto de vista de las estadísticas, si una persona recibe mil dólares y otra persona no recibe nada, cada una de esas dos personas aparece recibiendo quinientos dólares en el cómputo del ingreso percápita.

Vivimos en un mundo donde todo se reduce a cifras, no sólo las cosas, sino también las personas, que, al aritmetizarnos, nos cosificamos e igualamos como si fuéramos gotas de agua.  Y los números están por todas partes. Dejamos que nos numeren, y numerar es una contradicción, es uniformar lo que es diverso y multiforme.

Hay un refrán medieval, que se remonta a lo que se me alcanza al teólogo benedictino Rupert von Deutz, que vivió entre los siglos XI y XII, y escribió entre otras obras De divinis officiis, que dice, glosado,  “caballo y caballero no son dos seres, sino uno solo”. O en versión mitológica,  “caballo y jinete no son dos, sino un centauro”. Él lo decía así: homo sedens in equo non duo sunt, sed unus eques: Un hombre montado en un caballo no son dos, sino un solo hombre-a-caballo. Venía a cuento de cómo Dios hecho hombre no eran dos personas distintas, sino una sola, que se llamaba Cristo: no eran dos Dioses ni dos hombres ni siquiera dos Cristos, sino un único Cristo.

 Rupert von Deutz (Rupertus Tuitianus)

Viene el benedictino a decir algo tan elemental como que no se pueden sumar cosas distintas. Lo paradójico es que todas las cosas son distintas, tienen algún distintivo, algo que las hace originales y únicas,  y que impide que puedan  equipararse. Solamente pueden sumarse dos cosas cuando las reducimos a su condición previa de cosas: caballo y caballero son dos animales o dos seres vivos, o, más en general, dos casos de cosa. Si los sumamos y metemos en el mismo saco, ya no son lo que eran, han perdido su especificidad al uniformar lo que era diverso y pasarlo por el mismo rasero.

No se pueden sumar peras y manzanas, decía nuestro profesor de matemáticas del instituto, alias Pitagorín, con más razón de la que él creía, a no ser que las convirtamos en piezas de fruta, por ejemplo: dos peras y dos manzanas son, efectivamente, cuatro piezas, un kilo de fruta. Las hemos sumado, las hemos unificado y reificado. Han perdido su sabor: ya no son ni peras ni manzanas. Y ¿qué es lo que nos obliga a sumarlas? Ni más ni menos que el dinero, que es la epifanía de todas las cosas, lo que las equipara, pone precio, da existencia en el mercado y acaba por sustituirlas a todas.

 
Desde que el dinero y la propiedad privada son los pilares fundamentales del orden social que padecemos, las personas nos hemos convertido en números, y, por lo tanto, también en cosas,  como atestigua nuestro Documento Nacional de Identidad, o los dígitos de nuestra cuenta bancaria y correlativa tarjeta de crédito: meras cifras. (Y cifra es palabra de origen árabe, por cierto, que revela la esencia de los números:   ṣifr significa 'vacío, cero').  Y frente a eso no cabe más que un grito sensato: ¡No somos números!

Las estadísticas sirven para engañarnos con sus cifras sobre las bondades del  régimen vigente La estadística, por ejemplo,  habla del aumento de la esperanza de vida en nuestro primer mundo situándola por encima de los 70 años de edad. Ahora vivimos más, nos dicen. Y añaden, "y mejor", confundiendo la cantidad con la calidad, y la vida que vivimos con la edad que tenemos. No es raro que un mamarracho como es la presidente del Fondo Monetario Internacional hable de la conveniencia de alargar la vida laboral, retrasando por lo tanto la edad de la jubilación de la clase trabajadora. Si viven más,  que trabajen más, no vaya a ser que se jubilen muy pronto y no sepan qué hacer con su vida.

El factor estadístico también se emplea en política para convencernos de que estamos saliendo de la crisis económica que es y genera el propio sistema, y del aumento del empleo o del desempleo que sube y baja, se estira y se encoge "como las tripas de Jorge". La estadística les sirve finalmente a los partidos políticos para arrogarse la representación y la representatividad, que son cosas distintas, del pueblo al recibir el respaldo de los votos de una minoría, en el mejor de los casos, del 15% o el 20% de la población, minorías que se pasan por mayorías, y mayorías  que se quieren hacer pasar por la totalidad. Pero la mayoría, por muy mayoritaria que estadísticamente pretenda ser, nunca será la totalidad, porque no hay todo que valga, porque no hay un conjunto cerrado y exacto del que no se pueda entrar o salir constantemente y ser más o menos.

Al matemático Jacobi, que dijo "aei ho theós arithmetizei" Dios siempre aritmetiza, le corrigió Dedekind afirmando: el hombre siempre  aritmetiza. Las estadísticas, las haga Dios o el diablo, lo aritmetizan todo y a todos. Todo se reduce a una cuestión numérica porque nos han convertido en números que tratan de definirnos, catalogarnos, uniformarnos, ubicarnos en la celda de una casilla estanca, que es el lugar que quieren que nos corresponda: el nicho de nuestra sepultura.   

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