jueves, 31 de agosto de 2017

¡Tontos que somos y atontaos que estamos!


Nos hacemos a la mar de las nuevas tecnologías, y navegamos por las mares procelosas de la Red sin llegar a buen puerto nunca, y, aun peor, acabamos hundiéndonos y yéndonos a pique. Naufragamos en las redes sociales, caemos en sus redes como incautos mileniales, y pasamos de ser el pececito que nadaba en el agua de la mar salada como pez, nunca mejor dicho, en el agua a convertirnos en un pescado ya fresco en el mostrador de la pescadería y listo para la futura fritanga del chiringuito playero, o ya congelado en la cámara frigorífica, esperando su hora. Naufragamos ante los cantos de las sirenas, como en aquel precioso fandango de Huelva: Niña, son verdes tus ojos / como las olas del mar. / ¡Pobre del que mire en ellos / y que no sepa nadar! / Niña, son verdes tus ojos.

Creímos que interné era la panacea universal, tontos de nosotros, que ponía el mundo entero a nuestra disposición, cuando en realidad lo que hace es someternos a nosotros, aislarnos de la gente, apartarnos de la realidad, enfrascarnos en la nebulosa del ciberespacio, hacernos nefelíbatas que caminan sobre la nube, sin apercibirnos de la realidad que tenemos bajo nuestros pies porque, de hecho, cuando estamos conectados, no pisamos tierra.  


Creímos que teníamos muchos “amigos”, “seguidores” y “contactos”, cuando en realidad éramos cada vez más autistas, y estábamos más solos que la una. So pretexto de interrelacionarnos con los demás nos atomizábamos individualmente, valga la redundancia etimológica grecolatina y pedante (in-dividuum es la versión latina del griego á-tomon),  condenándonos a un aislamiento cibernético, a una soledad monádica y monástica.

El móvil o teléfono inteligente nos entontece aún más a nosotros, atontaos que estamos ya, y nos hace confundir la realidad no ya con el deseo, como a Cernuda, sino con sus pantallazos. Y que conste que al hablar de pantallas, distingo tres clases:  

-en primer lugar, la gran pantalla o pantalla gigante, que es la cinematográfica, en la que los hermanos Lumière proyectaron por primera vez en 1895 la primera película muda, que es la que más respeto me merece por algunas de sus creaciones y carácter de espectáculo público;

-en segundo lugar, la pequeña pantalla, que es la televisiva y privada pero ya familiar de algún modo, la que se denominó despectiva- pero acertadamente la “caja tonta”, el  electrodoméstico por el que sólo se emitían tonterías e idioteces, aunque más que caja tonta habría que decir “atontadora”, en el sentido de acaparadora de nuestra atención, por su poder de atraer como un imán nuestra mente y nuestra mirada y de hipnotizarnos y abstraernos de la realidad con su pernicioso magnetismo;

-y, last but not least, la micropantalla, la del móvil, exclusivamente individual y personal e intransferible, hasta el punto de que es un delito hurgar en ella si no eres su legítimo propietario, como en la intimidad de nuestros trapos sucios sentimentales, la pantallita de nuestro smartphone, teléfono inteligente en la lengua del Imperio, que por cierto podría mucho mejor llamarse dumbphone, o teléfono tonto, porque atonta, porque entontece por su capacidad de atraer la atención personalizada e individualizada, más aún que la televisión y muchísimo más que el cine, por supuesto.

 

El móvil nos impide movernos. Él es nuestra burbuja, el responsable de nuestro encapsulamiento, encapullamiento o cocooning, en la lengua del Imperio, con el que nos encerramos a hilar nuestra propia baba, el cordón umbilical que nos mantiene unidos al claustro materno, al cascarón del huevo que nunca romperemos ya, el objeto sagrado que hace que inclinemos sumisamente la cabeza por la calle, distraigamos la atención, y que abajemos la mirada y la vista, ajenos a lo que nos rodea y a quienes nos rodean, para asomarnos por esa minúscula pantalla a un mundo que no es de verdad; incapaces de caminar con la frente alta, la agachamos reverentemente ante el santo sacramento del altar para consultar nuestro misal y gargarizar lo que está mandado, lo que Dios manda.

Las autoridades educativas fomentan desde las altas instancias las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (la sigla ominosa es TIC, que suena a onomatopeya relojera de bomba que va a explotar y a tic nervioso), para que confundamos el mundo con lo que sale por la micropantalla, para que compartamos nuestra geolocalización y no nos perdamos, publiquemos nuestro humor y estado de ánimo, nuestras opiniones personales, cada uno las suyas, nuestros gustos/likes y nuestros disgustos/dislikes, el relato de lo que hemos visto hoy, ya puede ser extraordinario o lo más trivial del mundo, lo que hemos hecho, lo que hemos comido, lo que hemos bebido, lo que hemos defecado.
 
Nos animan a que subamos lo que se nos ocurra, todo vale con tal de que entremos y subamos algo: fotos de las vacaciones, de las salidas de fiesta, de la sagrada familia, de los colegas, de los ligues y, como no vamos a ser menos que Narciso, también de nosotros mismos,  a Instagram, a Facebook, a Google, a Snapchat. Quieren que tuiteemos para demostrar que existimos, como los políticos, que no tienen cosa mejor que hacer,  que produzcamos, que hablemos, aunque no digamos absolutamente nada que no hubiera sido preferible callar. 

Nos exhortan a que no dejemos de emitir, a que estemos constantemente retransmitiendo en la línea de fuego, dando y recibiendo. Dando y tomando.Todo para maximizar y optimizar el relato de nuestra vida cotidiana. ¡Cuánto mejor sería minimizarla y, si no pesimizarla, al menos invisibilizarla -Epicuro  aconsejaba, bendito sea, a sus discípulos lathe biōsas: vive oculto-  y no exhibirla sin ningún pudor por la red de redes!



Todo queda íntegramente grabado como valor de información y almacenado, y es nuestro algoritmo, nuestro alguarismo. Todo queda, como dice el Comité Invisible, bajo el imperio de los GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon), que son los terribles cuatro jinetes apocalípticos: la sangrienta victoria, el hambre, la guerra y la muerte. No olvidemos al quinto y más mortal de todos ellos: la información, como acertó a señalar Buñuel.

La gente que usa el transporte público, por ejemplo el tren, cada vez menos por desgracia, se coloca individualmente, si puede, y lo primero que hace una vez tomado asiento en el vagón, es sacar el aparato. Cada uno va a lo suyo. Se trata de una multitud que conjura su soledad con el cacharro: cada uno con sus cadaunadas, sus pantallazos y guasapeando o como se diga. Ya nadie se asoma a mirar por la ventanilla, ni se pone a charlar con el vecino, al que ignora por completo y que ni siquiera saluda.


Llegará el día, si no ha llegado ya, que Dios o el Diablo nos coja confesados, en que la policía, como medida antiterrorista, establezca un fichero cibernético –esto es, etimológicamente, “gubernativo”; esta palabra como ciberespacio y cibercafé nos recuerda el timonel con el que se gobierna la nave griega, metáfora del Estado- de “personas ocultas”: allí estaremos los que no tenemos un perfil conocido en alguna red social o una cuenta de abono a un teléfono móvil. Si no hay referencias nuestras en Interné, si no existimos en la cloud computing, como quisiéramos más de uno, es probable que seamos un candidato para ese fichero policial de peligrosos terroristas yijadistas ordenado por el ministerio de interior del gobierno que nos haya tocado no vamos a decir la suerte, porque no es ninguna suerte, sino la desgracia de padecer.

¿Alguien puede imaginar lo mal que tiene que sentirse alguien en su sano juicio, la desolación que ha tenido que sufrir en su vida cotidiana, juventud y adolescencia,  y el profundo aburrimiento de larga tarde de domingo que ha tenido que soportar para que lleguen a serle deseables las redes sociales siquiera por un momento?

lunes, 28 de agosto de 2017

Lecciones de economía: 6.- El valor del dinero en el tiempo.

El principal axioma de la educación financiera al servicio de la economía de la empresa y de las entidades bancarias es: “Un euro (o un dólar, o cualquier otra moneda: todas son iguales para el caso) vale más ahora que mañana”. Este principio no contempla el efecto de la inflación que hace que el poder adquisitivo de los salarios y del dinero disminuya con el tiempo y que se disparen -se inflen, se hinchen- los precios del consumo, lo que echaría por tierra la afirmación, sino el hecho de que si se posee un capital hoy puede invertirse de modo que mañana se tenga más que hoy, porque el dinero se reproduce y a la vez que produce más dinero crea el tiempo: la tierra prometida del futuro: pecunia pecuniam parit.

En italiano hay un dicho que reza meglio un uovo oggi che una gallina domani, esto es, que es mejor un huevo hoy que una gallina mañana, porque la recepción de algo en el futuro es incierta e insegura, habida cuenta de la inexistencia del futuro (y de la gallina) si no hay capital sometido a tasa de interés por medio que lo cree, como veremos. 


"Todo necio", dijo Machado, "confunde valor y precio". No confundamos nosotros el valor con el precio del dinero, que es el lucro que reporta el vil metal. En realidad deberíamos hablar del precio y no del valor del dinero, pero ya está consagrada la expresión.  El valor del dinero en el tiempo (en inglés, Time Value of Money, abreviado usualmente como TVM) es un concepto económico fundamentado en la premisa de que un emprendedor(*) prefiere recibir un pago de una suma fija de dinero hoy, en lugar de recibir el mismo valor nominal en una fecha futura.

Suelen manejarse dos conceptos económicos importantes: Valor Futuro (VF) y Valor Presente (VP). ¿Qué relación hay entre el VF y el VP? Según una página de economía cualquiera que consulto al azar en la Red, se trata “de dos caras de una misma moneda”, expresión muy significativa. Prescindiendo de los adjetivos “futuro” (que va a ser) y “presente” (que está delante), nos queda lo sustancial: valor. El dinero tiene un valor, pero ese valor no lo tiene per se, se lo conferimos nosotros.

Por otra parte, el Valor Futuro (VF) del dinero en el tiempo es el valor que creemos que tendrá una suma determinada de dinero de la que disponemos en la actualidad (VP, o Valor Presente), o que decidimos invertir, emprendedores que somos, en un proyecto determinado. Para poder calcular el VF necesitamos conocer la tasa de interés que vamos a aplicar a nuestro capital en los períodos de tiempo venideros. 


La fórmula del Interés simple es muy sencilla: Interés = Capital x Rédito x Tiempo partido todo por 100, ya que el Rédito se establece en tanto por ciento. Si queremos averiguar los intereses que producirá un capital al 0% en un año, la solución es muy sencilla: cero. No hay interés. El Valor Futuro se equipara al Valor Presente. El capital no se ha incrementado porque no ha habido afán de lucro ni ganancia. 

Pero siempre se espera que el mismo dinero tenga un VF mayor que el VP. ¿Por qué? Por el interés, porque el dinero produce dinero, o, dicho de otra manera, porque el dinero genera tiempo, una expectativa de futuro en la que recuperaremos nuestro capital incrementado. Ese incremento (que es el interés que se interpone: inter est) no deja de ser un excremento propiamente dicho, es decir, y perdón por lo vulgar de la expresión, una mierda.

Despejemos ahora el factor T(iempo) en la fórmula. Se establece así la ecuación de T = Interés x 100 / Capital x Rédito. Si presuponemos, pasando del 0 al 100, un hipotético Rédito del 100%; T sería igual al Interés dividido por el Capital; al ser idénticos Interés y Capital, porque este último se habría duplicado, el factor T sería un año justamente: hemos generado un año de dividendos: doce meses, trescientos sesenta días: el dinero ha parido una suma equivalente de dinero durante un año y, a la vez, ha generado ese año: el Tiempo sería el cociente de la división de los dividendos (el Interés) por el divisor (el Capital).


El término cociente se remonta al vocablo latino quotiens (adverbio que deriva de quot, “cuantos” y que significa “cuantas veces”) y que por lo tanto indica la cantidad de veces que el divisor está contenido en el dividendo.

¿Qué le sucede ahora al factor T, pongámonos en este otro caso, si la tasa de interés es del 0%? Si no hay interés ninguno por medio, la ecuación se reduce a T = Interés (que es 0) x 100 partido del Capital x 0. El resultado de la operación sería igual a cero. El tiempo sería cero, vacío, ninguno. En conclusión: sin interés o con un interés del 0%, el Tiempo, es decir, el futuro no existe, y el Capital no es más que una convención que sólo tiene el valor actual que queramos darle, y nuestro dinero no funcionaría en un país donde no se admite nuestra moneda, o en una isla desierta de los mares del sur, si es que todavía queda alguna, o en un pueblo abandonado de la serranía de Guadalajara donde ya no vive ni Dios.

¿Esto es economía crítica? No, lo que aquí hacemos es crítica de la economía.


Lluvia de dinero (Moscú, un día de julio de 2011)

El sueño de que se ponga de repente a llover interminablemente, y que las gotas de la lluvia infinita que cae del cielo sean billetes de banco llevó a decenas de conductores de Moscú a salir a trompicones de sus coches y tirarse al suelo de la autopista a la caza del dinero, cuando vieron que su sueño se hacía realidad aquel día rutinario y gris.


Los diez carriles de una de las autopistas de entrada y salida a Moscú no fueron suficientes para absorber el monumental atasco de tráfico que se organizó cuando unos desconocidos –ángeles bienhechores del Señor, que regalaba dinero gratis a los moscovitas como si fuera el maná caído del cielo, según unos, o quizá idiotas, según otros, o quizá ladrones, como en las películas, perseguidos por la policía que se desembarazaban del botín- lanzaron una lluvia de billetes que revolotearon y se posaron al fin como hojas que caen de los árboles en otoño al soplo del viento sobre el asfalto. Muchos conductores deteniendo sus autos en marcha salieron a recogerlos a la calzada, esparcidos como estaban por el firme.


Eran numerosos billetesde banco de mil rublos, unos 25 euros al cambio. El problema de estos billetes, cuando los conductores los examinaron con detenimiento es que eran falsos. Saltaba enseguida a la vista. ¡Qué desilusión! La ilusión se desinflaba como pompa de jabón.


Pocos se pararon a pensar que, en verdad, aunque no salte tan pronto a la vista, todos los billetes de banco, por más que sean de curso perfectametne legal, son falsos en verdad. Pocas veces nos paramos a pensar, engañados como estamos, que el dinero, siendo real como es, una cosa realísima, la realidad de las realidades más real de todas, no deja de ser pese a eso, o por eso mismo, una mentira, y que como dice la pintada anónima en la pared: todos los billetes son falsos..


oOo

(*) Nótese cómo se ha sustituido el término "empresario" por el aparentemente más positivo o neutro "emprendedor" debido seguramente a sus connotaciones despectivas capitalistas, y de qué modo el sistema educativo fomenta el sedicente espíritu emprendedor, y cómo se oculta el grosero materialismo anteponiendo el noble sustantivo "espíritu". Nótese cómo también las autoridades en lugar de fomentar el espíritu crítico y el aprendizaje, alientan el "emprendizaje", horrísono palabro, o los talleres, más horrísono todavía,  como he leído por alguna parte, de emprendeduría (sic).  

sábado, 26 de agosto de 2017

El impacto de una marca

Se llama “impactum” y se trata de una bebida energética (energy drink en la lengua del Imperio). El logotipo está escrito en letras mayúsculas blancas sobre fondo negro y destaca el impacto de una bala en mitad de la palabra, entre las letras A y C. Resulta que impacto puede definirse como “choque con penetración, lo cual viene sugerido por el prefijo IN- que conlleva la idea de movimiento con introducción, lo que enseguida nos trae a la imaginación el de la bala en el blanco, lo que le viene de pegada a la marca que estamos analizando.

Me atrevería a decir que su éxito internacional está asegurado: La palabra es latina pero muy transparente en muchas lenguas europeas: impacto en castellano, gallego y portugués, impacte en catalán, impatto en italiano, impattu en corso, impact en la lengua del Imperio y también en francés, Impakt en luxemburgués, impatt en maltés, pero no en alemán, donde, aunque existe Impact como anglicismo, se prefieren los términos propios de origen germánico Wirkung o Wucht. 

La palabra, que entró en castellano en el siglo XIX, está tomada del latín tardío IMPACTVM “acción de chocar con penetración”, y es hermana de COMPACTVM “ensamblado”. Ambas revelan un origen común, que sería PACTVM de donde procede nuestro pacto y el verbo pactar

La evolución de PACTVM resulta muy curiosa:  no se acabó en el cultismo pacto, sino que dio origen también a una palabra patrimonial pato que sólo utilizamos en la expresión “pagar el pato”, referida al que paga algo que es culpa o responsabilidad de otro. La confusión con el ave palmípeda ha asegurado el éxito de la expresión, que ha sobrevivido y llegado hasta nuestros días, y que se utiliza también en portugués. En italiano existe también la expresión “pagare il patto”, aunque su uso no está tan extendido como entre nosotros porque no se da la confusión, ya que pato se dice "anatra", y significa sencillamente cumplir las condiciones que previamente se habían acordado, aunque no agrade.


En castellano y en portugués, se impuso por influencia árabe la palabra “pato”, que procede del persa bat a través del árabe clásico baṭṭ y del árabe andalusí, páṭṭ, ya que la palabra latina para esta ave palmípeda era ANATEM, que evolucionó a ánade pero que pertenece a un registro culto del lenguaje. 

El plural del nuestro PACTVM, o sea, PACTA da origen al sustantivo femenino pauta que en la Edad Media tomó el significado de convenio, ley, texto legal, y de ahí surgió el verbo pautar, y da origen también a pata, un término anticuado y dialectal, que se usaba en la locución hacer pata con el significado de pacto, pactar, hacer la paz con alguien, y, por lo tanto, quedar en paz con alguien sin ganar ni perder, es decir, empatar, lo que se ve en italiano donde impattare es la evolución del latino impactare.

La raíz indoeuorpea que está detrás de pacto/impacto/compacto es, precisamente, *pak- , cuyo significado primordial sería “fijar, atar, asegurar”, y cuyo derivado más ilustre sería la palabra latina PACEM que es el origen de nuestra paz, y da lugar a sus derivados pacífico, pacifismo, apaciguar... en el sentido de que la paz es un acuerdo, un convenio al que se ha llegado. 

Resulta curioso también que el verbo PACARE, que en latín significaba “apaciguar”, haya evolucionado en castellano por apocópe de la /e/ final y sonorización de la oclusiva sorda intervocálica /k/ a pagar. Conservamos en castellano "pacato", que es el cultismo del que procede la palabra patrimonial "pagado".  "Pacato" es sinónimo de tímido y tiene la connotación de mojigato y escrupuloso; etimológicamente significa "pacificado", poco beligerante y nada rebelde. En la expresión “estamos pagados” se da a entender que se corresponde por una parte, como dice la RAE, a lo que se merece de otro. Cuando decimos de alguien que ha pagado a alguien, damos a entender que ha satisfecho una deuda, es decir, que ha restituido lo que debía: ha pagado el pato. También se pagan culpas, lo que quiere decir, que se aplacan, que se satisfacen mediante la pena correspondiente. Antiguamente se pagaba a los soldados, a sueldo que estaban, distribuyéndoles dinero para que pudieran comprar su sal –de ahí, su salario, nuestro salario, el salario de los que somos asalariados. Se nos paga por nuestro trabajo “para tener la fiesta en paz”.


 Missile ("proyectil"), otra bebida energética de nombre latino y temible aspecto.
 
Todo el vocabulario de la economía revela en el fondo un intento de evitar la guerra haciendo que reine una falsa paz.

Comenta Claude Lévi-Strauss en “Las estructuras elementales del parentesco” (1949): Las pequeñas bandas nómadas de los indios Nambikwara del Brasil occidental se temen normalmente y se evitan; pero al mismo tiempo, desean el contacto, porque este les ofrece el único medio de proceder a intercambios y procurarse así los productos o artículos que les faltan. Hay un lazo, una continuidad, entre las relaciones hostiles y el suministro de prestaciones recíprocas: los intercambios son guerras pacíficamente resueltas, las guerras son el desenlace de transacciones malogradas.

Al final, resulta que la paz tenía algo que ver con el impacto de la bala, como si la paz fuera el resultado de un disparo, y el disparo fuera en el estómago tras la ingesta de la bebida energética que se llamaba Impactum. Recordemos, a propósito, lo de Tácito: Miseram seruitutem falso (nomine) pacem uocant: Llaman paz con falso nombre a una miserable esclavitud.. Podríamos reformularlo a la heraclitana de este otro modo: Miserum bellum falso (nomine) pacem uocant: Llaman paz con falso nombre a una miserable guerra.

miércoles, 23 de agosto de 2017

De Anacarsis y Diógenes, dos sintecho.

La conversación de sobremesa en el Banquete de los siete sabios de Plutarco había llegado a tal punto que tocaba dejar de hablar de alta política y pasar a tratar de economía doméstica,  ya que no todo el mundo tenía a su cargo la gobernanza de un reino o de un estado, pero todos tenían quien más quien menos una vivienda y hogar propios de los que ocuparse. Entonces uno de los convidados, objetó: “No todos, si incluyes a Anacarsis, que no sólo no tenía casa, sino que se enorgullecía de no tenerla”. ¿Quién era este Anacarsis cuyo nombre propio surgía así de pronto en la conversación de tan sabia concurrencia?
 

Según Heródoto, el padre de la Historia, Anacarsis era un príncipe escita, una figura a caballo entre la historia y la leyenda, un personaje semimítico, del siglo VI antes de nuestra era. Los escitas, según el historiador, no construían ciudades ni levantaban murallas, dado que, nómadas como eran, llevaban su casa-carreta consigo a cuestas sin establecerse nunca definitivamente en ningún lugar.  Anacarsis, oigamos al convidado  hablarnos de él, no tenía casa, sino que tenía en su lugar “un carro, de la misma manera que el sol, según dicen, recorre su órbita, ocupando unas veces una región del cielo y otras veces otra”. Se alude a la tradicional casa-carreta de los escitas, que les brinda la oportunidad de vivir una vida no sedentaria, vagabunda, sin echar raíces, que se compara con el carruaje del astro rey. Continuando con la comparación con el sol afirma Anacarsis: “Precisamente por esto, él (“Helios”, el sol) es, solo o en mayor grado, entre los dioses libre y autónomo, y lo gobierna todo y no es gobernado por nadie, sino que reina y lleva las riendas” . 
 
No estamos lejos de Diógenes el Perro, el filósofo quínico, que se definía como “cosmopolita” y que probablemente acuñó esta palabra. El cosmopolitismo de Diógenes, interpretado de forma radical, conlleva una situación de exilio perpetuo sin patria ni hogar, como un héroe trágico, como un homeless o un sintecho actual, o, como diría él, de uno cuyo techo son las estrellas.

Hay un texto medieval castellano, titulado “Bocados de oro”, que es traducción de otro no griego ni latino sino árabe del siglo XI que se basa en fuentes griegas desconocidas.   En su capítulo décimo se habla de Diógenes. De él se dice: “Diógenes el canino fue el más sabio de su tiempo aborrecedor del mundo. Y dejó fe dél y no había (o sea, no tenía) morada ninguna. E yacía en cualquier logar que le anocheciese, y no dejaba de comer a cualquier hora que hobiese hambre do quier que a él le acaeciese sin vergüenza ninguna; quier de día quier de noche.” 


Alguien le pregunta que porqué no tiene una casa en la que solazarse  “¿Por qué no compras casa en que huelgues?” Y su respuesta no podía ser otra que la que fue: “Yo huelgo porque no he (es decir, porque no tengo) casa.” No se compraba una casa para solazarse porque su solaz consistía en no poseer una casa hipotecada ni en propiedad. De alguna forma se adelanta a aquello que dijo Montaigne en uno de sus ensayos: “C´est le jouir, non le posséder, qui nous rend heureux.” Es el gozo de las cosas, no su posesión, lo que nos hace felices.

En otra fuente árabe su respuesta a la misma pregunta es: “Si conocieras el tamaño de mi casa, sabrías que tus casas y todas las casas del mundo no son lo suficientemente grandes para contenerla”, dando a entender que el mundo entero era su casa y el cielo su techo. O también, cuando le preguntaron si tenía una casa para descansar, respondió: “En cualquier sitio donde descanse allí está mi casa”.

lunes, 21 de agosto de 2017

Lecciones de economía: 5.- Economía evangélica.

De Aristóteles, aunque filósofo pagano, le viene al cristianismo medieval la crítica del interés que produce el capital, porque el dinero es estéril y no debería generar dinero,  y, si lo hace, es contra natura. Escribía, en efecto, Aristóteles en la Política: «Muy razonablemente es aborrecida la usura, porque, en ella, la ganancia procede del mismo dinero, y no de aquello para lo que éste se inventó. Pues se hizo para el cambio; y el interés, al contrario, por sí solo produce más dinero. De ahí que haya recibido ese nombre, pues lo engendrado es de la misma naturaleza que sus generadores, y el interés es dinero de dinero; de modo que de todos los negocios éste es el más antinatural» (Aristóteles: Política, I, X, 1258 b, 4-5, según la ed. de la Biblioteca Básica Credos, trad. y notas de Manuela García Valdés, Madrid, 2000).

Es lo que se ha formulado en latín durante la Edad Media de diversas formas: pecunia pecuniam non parit, o nummus non parit nummos (Tomás de Aquino recordando a Aristóteles): el dinero no produce dinero. Se trata, más que de una constatación de la realidad, de una condena ética. Ciertamente el dinero puede generar dinero, como reconoce Aristóteles, pero resulta inmoral que sea así. Santo Tomás retomará la doctrina del estagirita y el catolicismo condenará la usura, es decir, el hacer uso de los intereses que va a  producir un capital prestado. No se les ocultaba ni al estagirita ni al aquinate que, aunque una suma de dinero no debía engendrar intereses,  sí que podía producir riqueza y convertirse en un negocio. Si un granjero adquiría, por ejemplo,  un gallo y una gallina, al cabo de un año podía tener un gallinero de pollos y de gallinas, y podría vender las aves, a más de los huevos que pusieran, y obtener una suma mayor de la invertida inicialmente, pero esta era una riqueza y ganancia legítimas.

 El cambista y su mujer,Quentin Massys (1514)

Para el usurero en el medievo, sin embargo, no había salvación posible. Ya el papa León Magno había afirmado: fenus pecuniae funus est animae: el interés del dinero es la muerte del alma, haciendo un juego de palabra en latín entre el término económico “fenus” (usura) y “funus” (muerte, de donde fúnebre), lo que conllevaba que a los usureros se les negara en toda la cristiandad sepultura religiosa. La usura era la muerte, un pecado contra natura como la sodomía, ya que pretender que el dinero genere dinero era lo mismo que un caballo engendre algo de otro caballo, y no de una yegua. Si la usura es la muerte del alma, como pontificó aquel santo padre, los usureros estaban en peligro de condenación eterna por lo que sólo salvarían su alma si devolvían los intereses, que son una ganancia ilícita, ya que se ha lucrado sin trabajar, aprovechándose del trabajo de los demás, lo que va contra el precepto del Señor: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Leemos, sin embargo, en el evangelio de Mateo (25,14-30)  la parábola de los talentos, que tiene su equivalencia en la de las minas de Lucas (19, 11-27). Vamos a detenernos en la primera porque nos sirve para entender la doble acepción del término talento: la antigua como unidad monetaria (talentum, en latín; tálanton en griego) y la moderna como capacidad de rentabilizar económicamente una capacidad artística, facultad o aptitud humana. 

Recordemos la historia que Mateo pone en boca de Jesús sin entrar en muchos detalles: Un terrateniente se ausenta y reparte su hacienda entre sus siervos confiándoles una fortuna de varios talentos. Al cabo de un tiempo -y era fundamental que transcurriera un tiempo- volvió el señor y quiso saber qué habían hecho con el dinero: los dos primeros, que habían negociado con el dinero, le devolvieron el capital doblemente incrementado. Ambos complacieron a su señor, que les premió por ello. El tercero, sin embargo, le devolvió el talento que le había confiado su señor y que él había enterrado celosamente para conservarlo, sin sacarle partido alguno. El señor le recriminó por eso: “¡Siervo malo y perezoso! Si sabías que cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí, debías haber entregado mi dinero a los banqueros. De ese modo, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses” .

La adoración del becerro de oro, Nicolas Poussin (1633-1634)

Hay otra versión de la parábola en el Evangelio apócrifo de los nazarenos donde hay tres siervos a los que su señor les confía su riqueza: uno multiplica el dinero con los intereses, otro entierra el dinero, y un tercero, y esta es la novedad, gasta el dinero en prostitutas. Sólo el primer siervo recibe la aprobación de su señor, mientras que el segundo es censurado por haber guardado y no rentabilizado y "maximizado", como se dice ahora, su talento, es decir, por su falta de espíritu emprendedor o financiero, y el tercero encarcelado por haber derrochado el talento. Pero es precisamente el tercero el único que ha hecho el uso para el que fue creado el dinero: para la compra de cosas o servicios. El primero lo ha capitalizado, el segundo no lo ha usado, y el tercero lo ha gastado.

El señor sería Dios y los siervos los hombres. Los talentos serían los dones que el Señor otorga a sus esclavos para que los desarrollen de un modo fructífero,  y lo que se critica es la inactividad o indolencia que no desarrolla su talento, que lo sepulta, o que lo malgasta. El sentido de la parábola es claro: se trata de fomentar el espíritu capitalista, de capitalizar el dinero, de hacer que cuatro pesetas valgan un duro.

 
 La adoración a Mamón,  Evelyn de Morgan (1909)

Aunque en el Sermón de la Montaña, Jesucristo dice (Mateo 6, 24): "Nadie puede servir a dos señores, pues o bien, aborreciendo al uno, amará al otro, o bien, adhiriéndose al uno, menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas." Cito por la traducción de Nácar-Colunga, que traducen "riquezas" lo que en otras versiones, más literales, se lee que no se puede servir a la vez a Dios y a Mamón. .   ¿Quién es este Mamón, también llamado Mammón y Mamona? Es sin duda el espíritu diabólico que controla las finanzas de este mundo, es decir, el Dinero. Se puede glosar la enseñanza evangélica como que no se puede servir a la vez a Dios y al Demonio, que es el Dinero. Sin embargo, ambos señores contrapuestos en el Sermón de la Montaña han resultado al fin y a la postre ser el mismo señor, dado que Dios ha resultado que era Mamón y viceversa, o dicho de otra manera resultó que Dios era el Becerro de Oro, cuyo culto prohibió Moisés fundiendo la idolatrada estatua,  con lo que se destruye la afirmación evangélica de que no se puede servir a la vez a Dios y al Dinero porque son lo mismo: dos caras de la misma moneda.

Moneda de un duro con la efigie del rey emérito Juan Carlos I

Hay un dicho en el refranero popular español que reza “Nadie da duros a cuatro pesetas”. La peseta era la antigua moneda de España, que fue sustituida por el euro en el año 2002. El duro era una moneda que valía cinco pesetas. Por eso otro dicho popular decía: “El duro es Dios, y la Virgen la peseta”. Un duro, pues, eran cinco pesetas. Se entiende así el sentido del refrán: nadie te da algo que vale más por menos precio. ¿Nadie? El refranero, como de costumbre, miente, porque, aunque moralmente sea condenable, pecunia pecuniam parit: el dinero crea dinero. Si tenemos 4 pesetas y las invertimos durante un año a un interés del 25%, obtenemos unos intereses de una peseta, por lo que al cabo del año 4 pesetas se han convertido en 5 pesetas: nos han dado un duro por cuatro pesetas. El equivalente del dicho con la moneda actual sería: "Nadie da euros a ochenta céntimos".

Ante lo cual, sólo nos queda recordar y cantar aquella copla del maestro: “Me vendí por un duro. / Resultó que era falso: / ¡Me cagué en el futuro!”

viernes, 18 de agosto de 2017

Una matica de ruda

Aunque no lo parezca a primera vista la expresión "matica de ruda" es castellano, castellano viejo, o, mejor dicho, sefardí o ladino, es decir, judeoespañol: la lengua que hablaban los judíos que fueron expulsados de la península ibérica. Matica es el diminutivo de "mata", esto es, "rama", y "ruda" es el nombre de una planta, no es la forma femenina singular del adjetivo "rudo". 

Se llama sefardí a esta lengua porque Sepharad era el topónimo hebreo de nuestra península, y ladino porque es una evolución de LATINVM. Este topónimo significaba relativo al LATIVM, la región de Italia central que nosotros llamamos el Lacio y los italianos Lazio, donde se enclavaba Roma, la capital. Por la vía culta o escrita evoluciona, tras la apócope de la /m/ final y la apertura de la /u/ en /o/ a LATINO y como palabra patrimonial LADINO, con la sonorización de la oclusiva dental sorda. Este LADINO tiene básicamente dos acepciones según el DLE de la RAE: en primer lugar, persona astuta, sagaz, taimada, por aquello elitista de que “sabe hasta latín”, y, aquello otro más sexista de "mujer que sabe latín, ni marido ni buen fin",   y la segunda acepción sería lengua derivada del latín, ya sea el retorrománico que se habla en el Tirol meridional, o ya sea el judeoespañol, que es la lengua que hablaban las comunidades sefardíes en Israel, Asia Menor, el norte de África y los Balcanes, que conserva muchos rasgos del castellano de antes del siglo XVI en que fueron expulsados de España. 

El romance presenta dos diminutivos en -ico: matica, diminutivo de mata o sea ramillete, y mancevico, de mancebo, diminutivo que hoy es característico del aragonés, de Navarra y la Rioja, de la Mancha, de la región de Murcia y de la comunidad Valenciana occidental donde se habla castellano y no valenciano, así como de la zona oriental de Andalucía.  Otras versiones, según la procedencia oral del romance, formulan el verso “una matica de ruda”  como  “una ramica de ruda” o “esta ramica de ruda”. En  ambos casos aparece el diminutivo en -ica (de mata y  de rama).


Una ramita de ruda

El tema de la cantiga es un diálogo entre una madre y una hija a la que un muchacho le ha regalado un ramillete de ruda, que es una planta de hojas verdes y flores amarillas, como testimonio y recompensa por su amor. La madre le reprocha que ande con un amante y que no se case, argumentando que vale más un mal marido (y ser por lo tanto una malcasada)  que un mancebo en el amor (o que un nuevo amor, en otra versión): es decir, la madre le dice a la hija que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer, lo cual es mentira. La hija, por su parte, le contesta a la madre que el mal marido es el pilisco (probablemente pellizco, en otras versiones el palo, en todo caso los malos tratos) y la maldición, mientras que el mancebo se asocia con la manzana y el limón. 

Hay algunas peculiaridades en la pronunciacion, como la inexistencia de los fonemas /z/ y /j /, que se pronuncian más suaves que en español contemporáneo, atención a la pronunciación de “hija” y de  "mancevico", "mancevo", "perdición", "maldición" y “manzana”, al oír la canción que interpreta la estupenda voz de la cantante israelí Esther Ofarim, pero por lo demás se entiende bastante bien.


Una matica de ruda,
Una matica de flor
Me la dio un mancevico
Que de mi se enamoró

Hija mía, mi querida
No te eches a perdición
Más vale un mal marido
Que un mancevo de amor

Mal marido, la mi madre
El pilisco y la maldicion
Mancevo de amor, la mi madre
La mançana y el buen limón.

miércoles, 16 de agosto de 2017

El puerto, la puerta y el verbo portar.

Algo tienen en común estas tres palabras castellanas puerto, puerta y portar: su procedencia de una misma raíz latina como se ve en PORT-VS (el puerto), PORT-A (la puerta) y el verbo PORT-ARE (portar), una vez que consideramos que la O breve latina diptonga en UE al pasar al castellano cuando lleva el acento. 

*PORT-VS: Es un sustantivo masculino de la cuarta declinación, cuyo significado principal parece que era "paso, abertura", de donde vienen nuestro puerto de montaña, nuestro puerto marítimo en la navegación, entendido como fondeadero o rada, y nuestro más moderno aeropuerto.   A la familia de esta palabra pertenece el dios  Portuno, dios de los puertos, cuyo templo se conserva en Roma a orillas del puerto del río Tíber que comunicaba la ciudad con el puerto marítimo de Ostia.  Y no resulta inoportuno y por lo tanto no tiene que importunarnos relacionarlo con el adjetivo latino OPPORTVNVS, que es el origen de nuestro oportunismo, y de nuestra oportunidad, a la que según la vieja fábula, la pintan calva y, por eso mismo, hay que cogerla por los pocos pelos que tiene, y no dejarla escapar cuando pasa a nuestro lado. OPPORTVNVS procede de OB-PORTVNVS, con asimilación regresiva de sonoridad de B a P y posterior simplificación, por lo que ya en latín aparecía a veces escrito OPORTVNVS. El caso es que el prefijo OB- con el significado local de "que está delante, en frente", como en OB-VIVS (que está delante del camino, que salta enseguida a la vista, obviamente), significaría que está delante del puerto, y de ahí que empuja hacia el puerto, hablando del viento, con las connotaciones de bien situado y adecuado.

 Templo del dios Portuno o de la Fortuna Viril, a orillas del Portus Tiberis en Roma.

*PORT-A: Es un sustantivo femenino de la primera declinación, cuyo significado de lugar de paso, y de ahí puerta, tanto de una ciudad en la muralla, como de un templo o de un campamento militar.  Se trata de un paso hacia un lugar cerrado, o de una salida hacia el campo: ¿Quién le pone puertas al campo? De esta palabra derivan: portada, portal y soportal, portazo, portilla, compuerta,  portero y pórtico y porche.

 Hannibal ad portas, Jacopo Ripanda (c. 1516)

Se hizo proverbial en Roma la expresión "Hannibal ad portas" que a veces se cita "Hannibal ante portas" cuando una situación era extremadamente peligrosa: significaba que Aníbal, que era el coco para los romanos, estaba a las puertas de Roma.

De *PORT-ARE:

-PORTARE > PORTAR: El significado básico es "hacer pasar, llevar". Hay un uso reflexivo: portarse uno a sí mismo, es decir, conducirse.  El prefijo porta- ha creado muchos compuestos: portacartas, portaminas, portamonedas, portapapeles, portavoz, portalibros, porfolio, abreviación de portafolio a través del francés portefeuille "cartera", etc. Tenemos también un sustantivo porte con varios significados que van desde el valor económico de algo a su aspecto o presencia, el adjetivo portátil, y el verbo portear 

-ADPORTARE > APPORTARE > APORTARE > APORTAR: El prefijo AD- aporta un valor semántico de dirección "hacia" con idea de aproximación y proximidad, como si dijésemos "acarrear a", "atraer a", "traer consigo". Ese es su mayor aporte o aportación al significado básico del verbo simple.

-COMPORTARE > COMPORTAR: El preverbio com- es uno de los más productivos; comporta un significado sociativo e instrumental de confluencia "juntamente", "a un mismo sitio". Es muy frecuente en nuestra lengua el uso reflexivo comportarse  que lo hace sinónimo más o menos (no existe la sinonimia total) de portarse: comportarse sería portarse bien, con una conducta correcta.

-DEPORTARE > DEPORTAR: El preverbio DE- es muy fructífero en latín, pero también en la época de descomposición de la lengua, debido a la generalización de la preposición "de", que vino a sustituir las funciones del genitivo. El significado que le aporta al verbo y que comporta sería la noción de alejamiento y desviación. Hoy en día en nuestra lengua deportar significa desterrar a alguien como castigo, habiéndose perdido la connotación antigua del verbo deportar (y  deportarse)  es decir, de divertir y distraer de las obligaciones, del que sólo nos queda el sustantivo deporte, que se reintrodujo en nuestra lengua por influencia del inglés sport, palabra inglesa que también viene de este verbo latino a través del francés.  Está atestiguada en castellano viejo la palabra depuerto.


-EXPORTARE > EXPORTAR: Este prefijo es de los más prolíficos en latín, de hecho sólo es superado por COM-. Su significado principal es la idea de salida, y por lo tanto procedencia del interior. Hoy se usa con el sentido económico de vender productos a países extranjeros, pero también en informática se habla de exportar información de un sistema informático a otro. En nuestro mundo actual la información se ha convertido en uno de los productos que más se exportan, porque es de vital importancia para el sostenimiento del dominio de la población.


  -IMPORTARE > IMPORTAR: El preverbio IN-, que se escribe IM- ante pe, indica penetración e introducción, por lo que se opone a EX-. A diferencia de AD- que indica sólo aproximación (aportar), IN- añade la idea de entrada (importar). Son importantes los significados económicos: el importe es decir lo que cuesta una mercancía, el precio que tiene (que no hay que confundir con el valor), y la importación de productos o de costumbres ajenas, extranjeras, incluida también la información entre las mercancías que se exportan e importan de un soporte informático a otro. Pero no hay que olvidar su importantísimo significado intransitivo: algo nos importa, es importante, tiene mucha importancia, porque nos interesa, nos conviene, nos afecta.

  -REPORTARE > REPORTAR: RE- ocupa el tercer lugar dentro de los modificadores verbales latinos, tras COM- y EX- que son los más productivos. Su significado principal es repetición y hacía atrás. Tiene hoy un significado básicamente económico: el beneficio que una cosa comporta, lo que conlleva, pero también dar una noticia. En ese sentido tenemos el galicismo reportaje, y el anglicismo reportero como sinónimo de periodista.

-SUBPORTARE > SUPPORTARE > SUPORTARE > SOPORTARE > SOPORTAR: El prefijo SUB- tiene un valor de dirección  "desde abajo hacia arriba", como el adverbio inglés UP o el griego HYPÓ con los que está emparentado. Como muy bien dice Benjamín García Hernández, los hablantes de lenguas románicas solemos darle a este prefijo el significado de "debajo", que es su valor más evolucionado, pero el valor primordial que suele tener en la composición como preverbio  es precisamente "hacia arriba". En castellano el prefijo SUB- puede aparecer bajo distintas formas debido a su evolución (su-, sus-, so-,  son-, sor-). Soportar es sostener o sobrellevar un peso o una carga real o figurada, y de ahí la idea de tolerar lo soportable y lo insoportable. Ha adquirido actualmente importancia  el significado informático de soporte que alude al material en el que se almacena la información. Se habla también de soporte físico y lógico en ese contexto informático.
 

-TRANSPORTARE > TRANSPORTAR > TRASPORTAR: El preverbio TRANS-/TRAS- indica siempre un movimiento traslativo de llevar algo de un lado a otro. Hay que decir que en español oficial contemporáneo transportar es un cultismo que sólo se mantiene por influencia de la lengua escrita sobre la hablada, porque la palabra patrimonial es trasportar, una vez producida la asimilación de la N a la S y la posteior simplificación.

domingo, 13 de agosto de 2017

Lecciones de economía 4: -Time is money, money is time.

Hay una película mediocre pero ilustrativa que lleva por título “El Precio del Mañana” (In Time en inglés), dirigida por Andrew Niccol (2011). Se trata de una distopía en la que las personas, llegadas a una determinada edad, mueren repentinamente a no ser que tengan dinero para adquirir tiempo extra de vida.  Mientras que los ricos pueden vivir eternamente, el resto empobrecido de la población debe negociar o pedir préstamos para poder seguir viviendo.


Ya lo dijo, según cuentan, Benjamin Franklin, un prohombre de Estado, en dos palabras: Time is money: el tiempo es dinero: horas de trabajo que se remuneran, que se convierten en dinero, un dinero que exige el sacrificio de nuestro tiempo, por lo que ese tiempo siempre futuro se convierte en un dinero también futuro. El refrán viene a decir que todo el tiempo que uno pueda dedicar a trabajar y generar dinero, es tiempo “bien invertido”, remunerado, que vale su peso en oro, que puede trocarse por dinero. En cambio, si uno se aparta de ese camino e invierte el tiempo en otros ocios o negocios, está perdiendo dinero y perdiendo, como suele decirse, el tiempo.

Tempus pecunia est, El tiempo es dinero, Richard Harpum (2004)

El dicho tiene su equivalencia en castellano: “El tiempo es oro”, aunque el patrón oro ya esté desacreditado como moneda.  Se trata de una metáfora literaria y ecuación matemática que equipara esas dos magnitudes, aparentemente inconexas, en una sola, como si dijéramos A=B, por lo que también podríamos decir: y vivceversa B=A. Así que démosle la vuelta al archiconocido refrán y obtendremos una valiosa verdad, como propone George Gissing en 1903, en sus Papeles privados de Henry Ryecroft: “Money is time. With money I buy for cheerful use the hours which otherwise would not in any sense be mine; nay, which would make me their miserable bondsman.” (El dinero es tiempo. Con dinero compro para uso fruitivo las horas que de otra manera no serían mías en ningún sentido; más aún, que me convertirían en su miserable fiador).

Con el dinero ya no sólo se compran cosas (y personas, y vientres de alquiler, si llega el caso), sino también, y sobre todo, más dinero y tiempo. Las cosas que más importan económicamente hablando, que no son las más importantes; las cosas que más valen, que no son las más valiosas, sino las más caras, las que cuestan cifras astronómicas de millones de millones, ya no son los bienes concretos que pueden palparse, comprarse y venderse en el mercado, sino los dineros, el capital mismo, que es la cosa que crea todas las cosas, el Ser Supremo, Dios en persona, lo que hace que las cosas (y las personas) sean tales y se compren y se vendan en el mercado global, estableciéndose otra ecuación indiscutible: Dinero = Dios, y viceversa. 


Lo que importa hoy es que dinero compra dinero, dinero produce dinero: pecunia pecuniam parit.(PECVNIA era, por cierto, el nombre del dinero en latín, ya que “denarius”, de donde nos viene a nosotros la palabra, era el nombre de una moneda que valía diez ases como vimos en la primera entrega). ¿En qué consiste esa compraventa? En nada concreto y material, sino en todo lo contrario: en la más pura abstracción ideal e inmaterial. El dinero compra dinero que genera más dinero: crece y se multiplica.

El dinero, según los economistas, es un bien (petición de principio: repárese en que el dinero se considera un bien, algo bueno), intercambiable por todos los demás bienes, incluído él mismo en el cómputo, porque él también es una mercancía, y, por lo tanto, tiene un precio que se expresa en dinero. ¿Resulta contradictorio? Lo es, en efecto.


A veces oímos a esos economistas hablar del precio del dinero. Examinemos esta locución aparentemente inofensiva. No la confundamos con “el valor del dinero”. el valor es una cualidad subjetiva más bien que nosotros le atribuimos al vil metal, mientras que el precio es algo más objetivo y que es auto-referente: hace referencia precisamente al dinero mismo. ¿Cuánto dinero cuesta, qué precio tiene, precisamente, todo el dinero que hay en el mundo? ¿Hay suficiente dinero en el mundo, dinero extra que no entra en el cálculo total, como si dijéramos metadinero metafísico, para comprar todo el dinero del mundo, o habría que crearlo ex nihilo?


A la pregunta de cuánto dinero hay en el mundo, no hay una respuesta exacta, porque depende de la definición de dinero que se dé. Cuanto más amplia y abstracta es la definición dada, más alta es la cifra y el número de ceros. ¿Hay dinero en el mundo para comprar el dinero que hay en el mundo?

Pero hay un efecto secundario de primer orden en este proceso financiero: la inversión de dinero crea el tiempo, y cuando decimos el tiempo queremos decir el futuro, un futuro que no existía antes, que está esencialmente vacío pero que resulta rentable, que nos reporta una cantidad adicional de dinero por la inversión o el préstamo que hemos hecho a otra persona o a una entidad financiera que, por su parte, se lo va a prestar a otro usuario por el interés.

Y en esa huida hacia adelante es donde el dinero crea el futuro, el nuestro propio y el de la humanidad en general, porque el dinero es tiempo, el dinero es futuro, y el futuro, que es el factor importantísimo con el que opera la economía, es la muerte. El templo de ese Ser Supremo está vacío. Ese vacío mismo era Dios: en eso consisten los depósitos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial y Universal Intergaláctico, el Sancta Sanctorum sólo contiene su propio vacío: eso eran las reservas de oro del erario público. Hay que repetirlo: Está vacío. Y el tiempo, como el rey en el cuento infantil de El Traje Nuevo del Emperador, está desnudo.

La persistencia de la memoria o Los relojes blandos, Salvador Dalí (1931)

La relación entre ambos conceptos es interesante, pero compleja. Aparentemente el dinero es mucho más fácil de definir que el tiempo. Ya el obispo Agustín de Hipona, santificado por la Iglesia Católica,  constataba esta dificultad  en sus Confesiones (XI, 14, 17): quid est ergo tempus? si nemo ex me quaerat, scio; si quaerenti explicare uelim, nescio: Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. El tiempo resulta inaprehensible, por lo que no se puede hablar de él, explicarlo, pero gracias al dinero, que es el Dios creador de ese can Cérbero de tres cabezas -pretérito, presente y futuro, como los tiempos verbales de la gramática que aprendíamos en la escuela-, lo cronometramos y falsificamos.

jueves, 10 de agosto de 2017

Defensa de los niños contra padres, educadores y escuela.


Ante la llegada de las vacaciones estivales, muchos padres se plantean cómo van a soportar durante dos meses a sus hijos y a sobrevivir. Ellos son seguramente lo que más quieren en este mundo,  y durante el año echan de menos poder pasar más tiempo juntos, pero cuando llega el verano no saben qué hacer con sus vástagos y optan por mandar a las adorables criaturas a un campamento en el norte de Burgos, a estudiar inglés a Irlanda o a Gran Bretaña o a clases particulares y actividades extraescolares y complementarias de lo que sea. 

Y es que una vez liberados los niños del yugo de la institución escolar en verano (aestate pueri si ualent, satis discunt, que dijo Marcial: en verano los niños si están bien de salud, bastante aprenden ya), lo que sirve para que el yugo sea más tolerable en septiembre, se ve cuál es la función real de la escuela, esencialmente represiva y de guardería de la infancia: un parking temático donde so pretexto de educación se recluye a los niños en estado semisalvaje para su domesticación y que entren por el aro como fierecillas domadas. El amor paternofilial se resiente como una especie de obligación, una suerte de deber contraído al que hay que resignarse, no un gozo, por lo que hay que hacer de tripas corazón o ponerle al mal tiempo buena cara. 


Si “misoginia” designa una especie de odio, aborrecimiento o mero juicio despectivo hacia las mujeres característico de nuestra sociedad patriarcal; “misopedia” -tomo el término prestado de un artículo en francés de Ivan Segré designa lo mismo -odio, desprecio, misos en griego-  pero relativo esta vez a los niños -pais, paidós-, tan insoportables para el “misopeda” como las mujeres para el misógino, lo que, no menos que lo primero, define a nuestra sociedad esencialmente patriarcal. 

La enorme misopedia inherente a nuestras tribus desarrolladas del primer mundo se caracteriza porque hay que proteger a la infancia y salvaguardarla de sí misma, lo que conlleva aparejados malos tratos -"es por tu bien", se les dice a las criaturas-  y el hecho de que muchas parejas prefieran criar perros o gatos, que les resultan más gratificantes, aunque cuando llegan las vacaciones tampoco sepan muy bien qué hacer con sus mascotas y, en el peor de los casos, las abandonen en una gasolinera.

Los niños ya no salen a jugar bulliciosos a la calle porque hay coches que pueden atropellarlos, pederastas que pueden violarlos -aunque hay una excesiva alarma social en torno a las violaciones de niños, quizá sean más frecuentes de lo que se piensa en el seno del hogar dulce hogar que en la calle;  ¿por qué, si no,  ni siquiera se bañan ya niños y niñas, gloria bendita de verlos, despreocupados y desnudos en las playas?-, hay peligrosos psicópatas, secuestradores, terroristas asesinos que hacen la guerra santa musulmana, traficantes de órganos, trata de blancas y muchos otros peligros indefinidos acechando a la vuelta de cada esquina, por lo que se quedan, qué pena, enclaustrados en casa, como si eso fuera lo mejor, enchufados a la consola de viedojuegos o a internet o a la caja tonta y estupefaciente, o a las tres cosas a la vez. El hogar está lleno de instrumentos tecnológicos y juegos para que el niño pueda quedarse el mayor tiempo posible en casa, cadenas y rejas que le impiden ser libre.


Los niños ya no recorren las calles de la ciudad para ir andando al colegio o al juego porque no tienen autonomía ni movilidad, por eso un adulto los acompaña como si fuera su Ángel de la Guarda y los lleva en coche casi siempre a todas partes en sus desplazamientos cotidianos hasta bien entrada la adolescencia.

Habría que reeducar a los niños en el placer de trasladarse a pie o en bicicleta, invitándolos a ir sin el acompañamiento paterno o de un adulto, sin miedo ninguno a cualquier parte. Los niños ya no pueden jugar en las plazas y en las calles porque se han convertido en aparcamientos y vías para automóviles, lo que supone un excesivo acaparamiento del suelo público y urbano por parte de los coches. Sería bello, muy  hermoso, que liberáramos las plazas de los aparcamientos automovilísticos y las recuperásemos para paseo, descanso y juego de niños,  y que los peatones reconquistásemos las calles, y que todas ellas, no sólo algunas céntricas de las ciudades, fueran peatonales.


Un niño no puede jugar a la pelota si no se mete a entrenar en un equipo con camiseta, pantalones cortos,  zapatillas y chándal, con un entrenador y toda la parafernalia; a poco que se descuide se lo profesionaliza desde bien pequeño, convirtiendo el juego en deporte, que es lo peor que hay.

La infancia es un lujo que los niños de hoy están privados de disfrutar por sus mayores, quienes, sin embargo, disfrutaron de la suya. Los adultos los controlan, dirigen y entrenan, condenándolos a una nueva doble enfermedad: la soledad y la dependencia. 

Necesitan permiso paterno para estar fuera de casa, y hasta para tirarse un pedo. Se reduce así su movilidad, restringiéndose además a determinados lugares controlados y videovigilados. No les dejan encontrarse libremente en la calle con otros niños que no sean sus amigos ni con otros adultos que no sean sus padres, porque se les inculca el miedo a los desconocidos y se les inculca al mismo tiempo que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer, y, en definitiva, que vale más lo malo que lo bueno, porque el mal es por su propio bien,  lo que es un auténtico disparate.


El empeño de los padres, profesores y educadores ya no es como hace algunas generaciones, promover progresivamente la autonomía de los infantes, sino garantizar su dependencia y su tutela. Fuera de casa, prosperan las ludotecas y los parques temáticos siempre bajo la atenta mirada sobreprotectora y la custodia y control videovigilante de los adultos.

Los mayores consideran al niño un “educando”, es decir, un sujeto que debe ser educado cuanto antes, lo antes posible, que tiene valor no por lo que es sino por lo que llegará a ser el día de mañana. El niño de carne y hueso es negado, no importa, no existe. El niño está, como la poesía de Celaya, “cargado de futuro”, excesivamente sobrecargado, diría yo más bien; no es una realidad, sino un proyecto.

No importa lo que es, sino lo que será mañana, para lo que se le hace que no sea nada ahora, se mata, de alguna de las maneras que hemos descrito, su infancia, subordinada a un bosquejo en perspectiva, al boceto de un plan trazado por otros. El futuro ciudadano democrático, votante y contribuyente, será, por consiguiente, un niño frustrado, sin infancia. Recordemos el Principito de Antoine de Saint-Exupéry: “Todas las personas mayores han sido niños antes. (Pero pocas se acuerdan).” O a Jean Genet, que escribió en alguna parte: "Vivir es sobrevivir a un niño muerto".

martes, 8 de agosto de 2017

Lecciones de economía: 3.- Educación en valores... bursátiles.

Entre la progresía pedagógica ya es un clásico curricular, aunque algo démodé, el tema de la educación “en valores” (on values, en la lengua del Imperio). Se concebía la enseñanza, instrucción o proceso de aprendizaje como educación. De hecho la E de nuestro ominoso acrónimo ESO no significa "enseñanza", sino "educación" (la S,  "secundaria",  y la O, a la fuerza ahorcan, "obligatoria"). Se entiende que haya una enseñanza primaria o básica y que pueda haber otra posterior secundaria, o media que se decía antes,  y aun una superior, especializada o universitaria, pero esos adjetivos no cuadran bien con "educación": la educación se tiene o no se tiene, puede ser buena o mala, pero no admite progresión ni grados en su adquisición.

Decían aquellos pedagogos que no había que limitarse a transmitir unos conocimientos, sino que había que inculcar tra(n)sversalmente, como el que no quiere la cosa, unos valores tales como la solidaridad, que es la versión laica de la cáritas cristiana, la no discriminación sexual y racial, el espíritu de la tolerancia, la lucha contra la violencia y un largo etcétera con el que fomentaban la defensa de los derechos humanos y el buenrollismo desde la escuela y la más tierna infancia.

Lo malo es que esos valores de los que se quería imbuir a las jóvenes generaciones han acabado, me temo, por convertirse en valores... bursátiles. Esa  educación en valores que estamos dando a nuestros hijos, a juzgar por el éxito de la Economía en nuestro sistema educativo, y por el fracaso de la Educación para la Ciudadanía y la prevención del acoso escolar (bullying en la lengua del Imperio) y la violencia contra las mujeres en la sociedad en general,  se ha quedado en agua de borrajas.

 

Séneca escribió non uitae, sed scholae discimus no aprendemos para la vida, sino para la institución escolar. ¿Qué quería decir el cordobés? Que las cosas eran en su tiempo así, lo que criticaba porque deberían ser al revés, y de hecho, la frase suele citarse al contrario, pese a que Séneca no la escribió así en su epístola a Lucilio,  para indicar no cómo son las cosas, sino cómo deberían ser. A tenor de lo que sucede ahora, podemos nosotros imitando a Séneca decir: non uitae, sed bursae discimus no aprendemos para la vida, sino para la bolsa. La palabra latina bursa significaba monedero o faltriquera donde se guardaba el dinero, de ahí nuestra bolsa y nuestro bolsillo; no tenía en latín todavía el sentido actual de casa de contratación, que adquirió del nombre de la familia flamenca Van der Bürse, en cuya sede se reunían los mercaderes venecianos para hacer sus negocios. No aprendemos, pues, para la vida, con el estudio de la Economía y Economía de la Empresa, sino para la Bolsa. Y ahí está la disyunción: o la bolsa o la vida, como exigen los atracadores, los bandoleros o los salteadores de caminos. Tenemos que elegir: si amamos la vida, entregaremos la bolsa deshaciéndonos del dinero que llevamos encima, pero si amamos la bolsa que contiene la plata perderemos la vida. O enseñamos para la vida o enseñamos para la bolsa.


La bolsa y la vida, viñeta de Juli Sanchis “Harca”

Alguien podrá objetar, con mucha razón, que no hay en el planeta Tierra vida humana que se precie, nunca mejor dicho,  si no hay bolsa que la respalde, porque con la bolsa se compran los medios de subsistencia, y de alguna manera la bolsa es la vida, por eso los modernos ladrones con traje de esmoquin, cuando nos atracan, nos sustraen, como en la sarcástica viñeta de Harca que os pongo arriba, la bolsa a la vez que la vida. Si equiparamos estos términos a dinero y tiempo respectivamente, llegamos a la ecuación general: time is money y money is time,  desde el momento en que el jornal es el salario equivalente a una jornada laboral, y el trabajo, la Arbeitskraft o fuerza de trabajo que decía Marx, se remunera no tanto por la producción de bienes o el servicio prestado como por el tiempo empleado en ello,  y se convierte, por lo tanto, en mercancía.

Hagámonos a estas alturas la siguiente consideración: ¿Podríamos vivir sin la bolsa, es decir, sin dinero? Pero la pregunta estaría mal planteada. Hay que cuestionar lo que hay, no lo que no hay: ¿Se puede vivir con dinero, con el vil metal? ¿Es esto acaso vida? Algo nos dice por lo bajo y lo hondo que no, que es prostitución, la cual, no en vano, se ha considerado el oficio más viejo del mundo: la conversión del tiempo de nuestra vida en vil metal.


 
Viñeta de Quino

Preguntémonos, a propósito, en este punto por el sentido de la expresión “vil metal”. ¿Por qué a un metal, en este caso al oro, lo calificamos de vil? Porque es el metal noble, precioso, es decir, el que pone precio a todas las cosas, y por eso mismo, el apreciado, y precisamente por eso, por ponerle precio a las cosas, incluso a la vida humana, el metal, el dinero es vil, nos envilece. Es una forma, obviamente, despectiva de referirse al dinero, pero no se puede ser neutral o hablar positivamente de algo que es intrínsecamente perverso. Otra razón de la vileza del metal es que por encima de cualquier otro interés humano, sentimental, familiar o de amistad interpone el interés del capital, cuyo objetivo es crecer y multiplicarse a sí mismo por la tasa que le interesa en un período de tiempo que automáticamente se establece y cronometra. En muchos idiomas se justifica la vileza del dinero diciendo: “bussines are bussines”, “les affaires sont les affaires” o “los negocios son los negocios” con lo que se justifica lo injustificable.


sábado, 5 de agosto de 2017

Inglés macarrónico y malentendido lingüístico

Una empresa de multiaventura juvenil de Cantabria ofertaba la actividad de saltar desde lo alto de un viaducto con el amarre de una cuerda dentro de un paquete de ocio y tiempo libre a los campamentos de chicos y chicas que veraneaban en la zona. Las instrucciones del monitor de puenting, que es como llaman a dicho salto, a una menor holandesa que estaba dispuesta a lanzarse al vacío y que él no quería que saltase todavía porque no estaban ultimados los preparativos del salto fueron a voz en grito: No jump! It's important. No jump!.

La joven holandesa de 17 años, entusiasmada por poder practicar por primera vez en su vida esta actividad de riesgo, mejor que deporte,entendió probablemente "Now jump!" ("¡Ahora salta!"),  y se lanzó entonces desde el viaducto de Cedeja en Virgen de la Peña (Cantabria) sin estar atada todavía a los anclajes de seguridad del puente, con solo una cuerda prendida a su arnés, ajena a la hostia que se iba a pegar.  Se precipitó, pues, en el vacío,  y se estrelló contra el río Cedeja desde una altura de 32 metros,  lo que provocó el traumatismo torácico que le causó una aguda hemorragia y la muerte.
 
Un malentendido lingüístico,  motivado porque en la lengua de Shakepeare “¡No saltes!” no se dice “No jump!”, como pretendía el monitor a imitación del español, sino “Don`t jump!”. La negación “no” sólo se puede aplicar a los sustantivos, o a los gerundios de los verbos, que son, como se sabe, formas verbales sustantivadas. “No jumping” escrito, por ejemplo,  en un cartel se entiende como “Prohibido el salto”, "no saltar"; es una información de que existe una interdicción, lo mismo que "No smoking" o "No diving". 

Pero si lo que queremos es prohibirle efectivamente a alguien que salte (“¡no saltes!”), como hacemos en español con el subjuntivo, hemos de decir “don’t jump!”, recurriendo al imperativo del auxiliar “do”, a la negación “not” y al verbo que se conjuga. No es raro que la menor de edad entendiera la negación “no” como el adverbio de tiempo “now”, que en inglés significa “ahora, ya”, y que lo que pretendía ser una prohibición pero gramaticalmente no lo era la sintiera como una orden ejecutiva.

Los hechos sucedieron en agosto de 2015, pero es ahora, dos años después cuando la Audiencia Provincial de Cantabria ha ratificado el auto del Juzgado de Instrucción de Torrelavega que apreció indicios de delito en los sucesos que llevaron a la muerte a la joven holandesa. La sentencia recalca que  el instructor de puenting (¡hay que ver cómo penetran en castellano los gerundios ingleses, desde aquel lejano ya traje de esmoquin (smoking en inglés) que se ponían los caballeros para fumar hasta los modernos balconing o este puenting de marras!) carecía del nivel de inglés elemental necesario para dar instrucciones a ciudadanos extranjeros "en algo tan delicado como saltar al vacío desde un punto elevado". Dice literalmente el auto de la Audiencia:  "El uso de un inglés macarrónico(1) ('no jump') pudo perfectamente ser entendido como una orden explícita de salto ('now jump') por la víctima".


Los españolitos deberíamos reflexionar muy seriamente a propósito de este trágico suceso del puenting sobre los muchos años que nos pasamos estudiando inglés y lo mal que lo hemos aprendido. ¿Por qué será? ¿Cómo es posible que con tantas horas de inglés encima, que en algunos casos empiezan ya en la guardería con los números y los colores, y con tantos años a las espaldas, seis de primaria y cuatro de secundaria,  acabemos el servicio militar obligatorio de la ESO sin hablar medianamente bien ni entender la lengua del cisne de Avon y del Imperio? ¿A qué puede deberse semejante despropósito? ¿Estaremos haciendo algo mal?

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(1) El adjetivo macarrónico, que utiliza dicha sentencia, según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia,   tiene dos acepciones:
1. adj. Dicho del latín: Usado de forma burlesca y defectuosa.
2. adj. Dicho de una lengua distinta del latín: Usada de forma notoriamente incorrecta.


¿De dónde viene esta palabra? ¿Tiene algo que ver con macarra? No, en absoluto. ¿Y con macarrón?  Sí, tiene que ver con esta última palabra italiana. Procede, según el Vocabolario della lingua italiana de Nicola Zingarelli (2006) de  maccaronico, que es un adjetivo formado sobre el sustantivo maccarone, que es dialecto romanesco, y además de ser el nombre del tipo de pasta con forma de canuto que nosotros conocemos como macarrón, era sinónimo en segunda acepción figurada de persona estúpida o bobo. Una maccaronea, además,  era en literatura una obra escrita en  “una lengua tosca, parodia del latín clásico, cuyo léxico consiste en palabras latinas, vulgares y dialectales, pero declinadas y conjugadas con terminaciones latinas, en uso especialmente en obras burlescas de los siglos XVI y XVII” (Lo Zingarelli).



Un ejemplo castellano de este latín macarrónico o caricaturesco, mezclado con el castellano, puede ser este comienzo del Quijote que tradujo Ignacio Calvo: In uno lugare manchego, pro cujus nómine non volo calentare cascos, vivebat facit paucum tempus, quidam fidalgus de his qui habent lanzam in astillerum, adargam antiquam, rocinum flacum et perrum galgum, qui currebat sicut ánima quae llevatur a diábolo.