sábado, 21 de octubre de 2017

La misa no mola si no es en latín.


En 1965 por primera vez un papa, Pablo VI, dijo una misa en italiano y no en latín “como Dios mandaba” hasta entonces al menos. A partir de ese momento, comenzaron a celebrarse las misas en lengua vernácula (en cada país la suya) y se perdió con ello uno de los mayores encantos de la ceremonia de la liturgia católica, la utilización de las divinas palabras que decía Valle Inclán. 

Pero esa no fue la única innovación: el sacerdote dejó de celebrar la misa mirando “ad Orientem”, es decir, igual que los fieles, hacia Jerusalén (ex Oriente lux), dándoles la espalda como el conductor de un tren o autobús, y se puso de cara a los fieles como un político que suelta un mitin demagógico. Se perdió la genuflexión a la hora de la eucaristía, que se recibía entonces en la boca, y no de pie y en la mano como ahora. Se ha perdido el gregoriano y la música sacra. Ahora predominan las guitarras y hasta el rock-and-roll y demás mandangas populares y más propias de los 40 principales, en detrimento del gran patrimonio musical del que disponía la Iglesia de misas solemnes de Mozart, Bach, Palestrina… Ahora hay monaguillas, además de monaguillos, no iba la Iglesia a discriminar a la mujer más de lo que ya lo hace no permitiendo su acceso al sacerdocio. Sólo el sacerdote podía leer la Epístola y el Evangelio, mientras que ahora cualquier feligrés puede hacerlo. En el antiguo rito tampoco se interrumpía la misa para saludar y darle la paz al vecino y a los del banco de atrás, como se hace ahora...

Lo que ha hecho la simplificación de la liturgia, so pretexto de ser más accesible a la gente, es empobrecerse,  y que la gente se desentienda cada vez más de la celebración de la eucaristía, que ya no tiene el encanto, la solemnidad, la magia y el misterio que tenía antaño. Y, como cantaba Brassens, sin el latín, sin el latín, la misa nos aburre, o ya no mola como molaba.

  Ite, missa est,  momias en una iglesia del sur de Italia. M.C. Escher (1898-1972)

Por cierto. Al final el sacerdote decía: Ite, missa est, que significa literalmente: “Marchad, ha sido enviada”. Y de ese “missa”, participio de perfecto del verbo mittere,  es de donde le viene el nombre a la misa. Pero ¿qué cosa ha sido y adónde y a quién ha sido enviada esa cosa? O dicho en términos gramaticales escolares y pedantes: ¿Cuál es el sujeto omitido y que se sobreentiende de la frase? Pues parece que no puede ser otro más que la propia asamblea, o la ceremonia, o la eucaristía, dicho a la griega, o la “hostia” dicho en latín. En efecto, tenemos que el sacerdote decía en el ofertorio: “Suscipe, sancte Pater, omnipotens aeterne Deus, hanc immaculatam hostiam” (Recibe, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, esta hostia inmaculada), y después de la consagración: “...hostiam puram, hostiam sanctam, hostiam immaculatam, Panem sanctum vitae aeternae et Calicem salutis perpetuae” ( ...la hostia pura, hostia consagrada, hostia inmaculada: consagrado Pan de vida eterna y Cáliz de eterna salvación). Cabe preguntarse: ¿A quién ha sido enviada la víctima? La respuesta sería obvia: in Deum, a Dios, o in caelum, al cielo.  Hay sin embargo quien piensa, y es la opinión más extendida, que "missa" es un sustantivo que significaría "licencia", por lo que las últimas palabra del sacerdote significarían: Idos (o iros, como admite la Academia ahora), hay licencia.

Entiéndase que hostia es “sacrificio” o más propiamente la víctima expiatoria que se sacrificaba, es decir, se mataba para comérsela en honor de los dioses paganos y que en el ritual de la misa católica, apostólica y romana, suele ser una oblea de trigo, no desprovista de gluten, para escándalo de los celíacos, que se ven así privados de la sagrada comunión si el Vaticano no admite las hostias sin gluten, que representa la carne de Cristo, que es el agnus Dei o cordero del Dios cristiano que quita los pecados del mundo y  que se autoinmola para rendención de la humanidad. 


He aquí la letra de la canción “Tempête dans un bénitier (Tormenta en la pila de agua bendita)” de Georges Brassens, que le dedicó al asunto de la vulgarización de la misa en lengua vernácula, a la que antes se aludía, en versión de Agustín García Calvo (19 canciones con versión para cantar, Georges Brassens, editorial Lucina, Madrid, 1983).

Tormenta en el agua bendita: / el Sumo Pontífice con / Concilio y con Congregación / nos la arman que hasta Dios tirita. / No ven lo que les ocurre, / bonetillos de adoquín: / sin el latín, sin el latín, / la Misa nos aburre. / Ya el Sagrado Ministerio / queda sin don y sin din: / sin el latín, sin el latín, / ni magia ni misterio. / Ya el rito no nos fascina, / ya dice el fiel “A mí, plín”; / sin el latín, sin el latín, / es como la oficina. / Oh Santa Madre del Hijo de / Dios, dile tú a ese jollín / de grajos que nos carga ýjode / sin el latín. / No soy el único, rediez, / desde que han dado tal respingo, / que sólo si llueve el Domingo / acudo al Templo alguna vez. / No saben lo que se guisa, / tejas de poco serrín: / sin el latín, sin el latín / nos aburre la Misa. / Al renunciar a lo oculto, / poco va a hacer retintín, / sin el latín, sin el latín, / el cepillo del culto. / Sacristán y monaguillos, / cuando les haga tilín, / sin el latín, sin el latín, / se irán a hacer novillos. / Oh Santa Madre del Hijo de / Dios, dile tú a ese jollín / de grajos que nos carga ýjode / sin el latín. / Esos pajarracos chiflaos / royendo están en rabia insana / la sola vieja rama sana / de la cruz donde están posaos. / No ven lo que les ocurre, / bonetillos de adoquín: / sin el latín, sin el latín, / la Misa nos aburre. / El vino en la Eucaristía / se transmuta en alpechín / sin el latín, sin el latín, / y su virtud se enfría. / En Lurdes, Fátima, Otranto, / como en Tolú y en Pequín, / la Iglesia ya, sin el latín / ha perdido su encanto. / Oh Santa Madre del Hijo de / Dios, dile tú a ese jollín / de grajos que nos carga ýjode / sin el latín.



En la letra de la canción de Brassens hay una curiosa y sacrílega homofonía: Sainte Marie mèr' de / Dieu, (Santa María madre de / mierda Dios). En la versión para cantar de García Calvo, se ha sustituido por otra que tiene su miga de sugerente gracia: “Oh Santa Madre del Hijo de... / Dios”, que suena igual que “nos carga / ý jode sin el latín”.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Corporis partes: I. -De boca en boca

Boca se decía en latín clásico OS, palabra de la que sólo nos han quedado algunos cultismos en español, como por ejemplo el diminutivo ósculo, literalmente “boquita”, usado con el significado de beso respetuoso o afectivo que se da con la boca cerrada, o el curioso verbo oscilar, que significaba moverse o balancearse como hacían los OSCILLA, o mascarillas que se colgaban de los árboles como ofrenda  a varias divinidades, sobre todo al dios Baco en relación con la cosecha de las viñas. Los OSCILLA eran por lo tanto boquitas o, tomando la parte por el todo, caritas.  Como los OSCILLA se movían cuando soplaba el viento, el verbo OSCILLARE pasó a significar moverse por efecto del viento, y de ahí nuestro oscilar y nuestras oscilaciones.


La raíz OS se convierte en OR- modificada en función de la aplicación de lo que se conoce como ley del rotacismo, por la que una –S- entre vocales se convertía en –R-, por ejemplo rus en singular, el campo, y rura, en plural, los campos, de donde tenemos los adjetivos rústico y rural. El plural de OS, como neutro que es, era *OS-A, que por el rotacismo pasó a OR-A. De ahí procede el cultismo oral, relativo o concerniente a la boca;  orificio, utilizado por extensión para cualquier abertura o agujero, y el verbo orar con su significado de “hablar por la boca y pedir algo” y su numerosa corte de derivados como: orador, oratoria, oratorio, oración, oráculo, adorar, e inexorable, uno de esos palabros que tanto gustan a los políticos, un imble, como los llama Rafael Sánchez Ferlosio a los adjetivos que empiezan por “in”, que es el prefijo negativo,  y que acaban por “ble”, sufijo que significa que algo puede ser y que es susceptible o digno de algo, pero que al estar negado por el prefijo resulta que no, que es imposible, que es el paradigma de todos ellos. Inexorable: que no se puede conseguir con ruegos oratorios y por lo tanto es inevitable. Gustan nuestros políticos de convertir estos adjetivos que les son tan gratos en adverbios en -mente, con lo cual crean unas palabras inexorablemente largas y monstruosas, cuyo significado último es que la realidad es como es y que las cosas son como son y que ellos, aunque a veces lo prometan para conseguir votos, no van a querer ni a poder cambiarlas, o si acaso las cambian es para que en el fondo permanezcan igual.

Pero nuestra boca, la castellana, catalana, gallega y portuguesa,  no viene del culto OS, sino de la palabra latina más vulgar BUCCAM, de donde proceden también el francés bouche, el italiano bocca y boccata, y el rumano bucal. 

La evolución de BUCCAM es muy sencilla: Tras la pérdida inexorable de la -M final de los acusativos latinos, que sólo conservamos en latinajos como currículum,  referéndum, médium y demás, BUCCA,  la U breve y tónica cambió su timbre a O,  BOCCA, y la C geminada se simplificó, BOCA.

Como derivado culto de BUCCAM tenemos el adjetivo bucal, palabras patrimoniales tenemos muchas más, como por ejemplo bocado y bocadillo, que, como diminutivo de bocado, significaba en principio pequeña porción de comida, y que hoy en día entendemos siempre metido en un panecillo abierto en dos mitades. El término coloquial bocata -¿tomado del italiano boccata?- que vale por bocadillo también procede en último término de BUCCAM.

Bocanada es otro derivado de boca, que en principio alude lo que se puede tener en la boca, líquido, humo o, simplemente,  aire fresco.

El verbo boquear significa en principio abrir la boca, aunque también puede connotar expirar, es decir, llegar al final porque uno lo hace por última vez.

El boquerón, también llamado bocarte,  es un pez similar a la sardina, aunque más pequeño, con el que se preparan las anchoas cuando se mete en salazón, y que se denominó así por su gran boca un tanto desproporcionada con el resto del cuerpo.

Un boquete es una brecha o rotura en una pared o muralla, una boca que se le abre a algo, metafóricamente hablando.

Boquilla es un diminutivo de boca, con varios significados relacionados con instrumentos musicales o con el tabaco, entre otros.

Un bocazas es alguien que habla por los codos, más de lo que aconseja la discreción, alguien en definitiva que no tiene en cuenta que por la boca muere el pez y que en boca cerrada no entran moscas, y que no valora lo suficiente el silencio en un mundo tan ruidoso como en el que nos ha tocado vivir.

El verbo abocar también deriva de boca. Tenía un significado primitivo de derramar el contenido de un recipiente en otro, para lo que es menester arrimar las bocas de ambos, y de ahí ha desembocado en acercarse a la supuesta “boca” de algo, por ejemplo en una frase como: Muchos jóvenes están abocados al paro.

Otro verbo derivado de BUCCAM es embocar, que en principio significa tragar algo con la boca,   y su contrario desembocar, que significaría salir como por una boca, como hacen los ríos cuando desaguan en otro río, en un lago o en la mar salada.

 Desbocar es otro verbo que se utiliza sobre todo cuando se habla de caballos desbocados, es decir, que no obedecen al freno que se les pone en la boca.

De bucca probablemente existió en latín vulgar un adjetivo *bucceus o *buccius “relativo a la boca”, que aunque no está atestiguado, explicaría el origen de nuestro bozo, el nombre del vello que apunta sobre el labio superior de los jóvenes antes de salirles la barba, y, derivado del bozo sería el bozal, que se les pone por ejemplo a los perros para que no muerdan, con lo que se les tapa la boca. Embozar sería cubrir la parte inferior del rostro, de ahí que el embozo de la sábana de la cama sea la doblez que toca al rostro, propiamente a la boca. Y de ahí no hay ya más que un paso para explicar el significado de rebozar: cubrir y por lo tanto ocultar el rostro con la capa o el manto, y,  pasando a la gastronomía, recubrir un alimento con huevo batido, harina, pan rallado, miel, y un largo etcétera.

Hay además en nuestra lengua numerosos compuestos cuyo primer elemento es la boca que nos ocupa: bocacalle, bocamanga o boquiabierto, que no necesitan mucha explicación.

Posiblemente, la palabra buche, con el significado habitual de bolsa o papo que comunica con el esófago de las aves donde se reblandece el alimento, y,  por extensión,  estómago en general, y sus derivados embuchar y desembuchar  podría derivar también de buccam.. 

En Roma se encuentra una de las bocas más célebres del mundo,  la Bocca della Verità, es decir, la boca de la verdad. Un rostro de mármol en forma circular ubicado en la iglesia medieval de  Santa Maria in Cosmedin,  ante el que hacen cola los turistas que visitan la ciudad eterna para hacerse la típica foto metiendo su mano en la boca.    La máscara, que tiene un diámetro de algo más de un metro y medio, data del siglo I, y representa un rostro masculino con barba en el cual los ojos, la nariz y la boca están perforados y huecos. Probablemente este mármol fuera una fuente o la tapa de una alcantarilla, hallado como fue cerca de la Cloaca Máxima.

Cuenta la leyenda que el que mete su  diestra en la boca debe hacer alguna afirmación ante los presentes; si esa afirmación no fuera cierta,  se cerraría la boca de la verdad y el que ha metido la mano la perdería de un  mordisco de la marmórea efigie, quedándose manco para siempre. ¿Alguien se atreve a meter la mano, después de esto, y decir algo en el acto que sea verdadero de verdad? ¿Qué hará la bocca della verità si le decimos algo así como que la verdad es que no hay verdad?



domingo, 15 de octubre de 2017

Byungchulhania

Pronostica Byung-Chul Han en su libro “La expulsión de lo distinto” (Barcelona, Herder, 2017) que en el futuro habrá una profesión que consistirá en la escucha y un profesional que se llamará oyente, al que pagaremos por tener la paciencia de escucharnos. Si se cumple esta profecía, vendrá el llamémosle listener con flagrante anglicismo a suplir la figura trasnochada del psicoanalista laico y del confesor católico, ahora que ha desaparecido la confesión individual en la intimidad del confesonario donde se establecía, bajo el llamado secreto de confesión, una secreta complicidad tras el examen de conciencia y el acto de contrición entre el sacerdote y el penitente arrodillado ante él, sustituida en muchas parroquias por la moderna y aséptica confesión colectiva ante la impersonalidad de Dios, que es el Ser Supremo. 


Vendrá el listener también a sustituir al paciente amigo que escuchaba nuestros problemas y servía de paño de lágrimas y consuelo a nuestras penas en torno a un café o a una copa, ahora que ya no hay amigos de verdad, y sí, sin embargo, numerosos followers y no pocos contactos virtuales en nuestra agenda digital, donde acumulamos soledades a lo largo de nuestra timeline, sin experimentar nunca el vértigo del encuentro con alguien distinto, con el otro, y no con un clon o trasunto de nosotros mismos desesperados por distinguirnos en algo de los demás.

En una de sus Cartas a Milena, escribía Kafka, citado por Byung-Chul Han, sobre lo absurdo que le parecían las relaciones por correspondencia, lo que podría muy bien aplicarse a nuestras conexiones y contactos numéricos hodiernos. Decía: “¿A quién se le habrá ocurrido pensar que la gente podía relacionarse por correspondencia? […] Los besos escritos no llegan a su destino, sino que los espectros se los beben por el camino”. (F. Kafka, Cartas a Milena, Madrid, Alianza, 2016, p. 333).

El signo patológico de nuestro tiempo no es la represión sino la depresión como consecuencia de nuestra autorrealización, obligados como nos vemos a aportar un rendimiento extraordinario de nosotros mismos que nos deprime: heautontimorúmenos: verdugos que se autoinfligen martirio y se convierten en sus propias víctimas. Nos obligamos a ser auténticos, es decir, iguales a nosotros mismos, autores y creadores del fetiche de nuestra propia identidad personal, falsa pero real, fieles a ella.

Narcisistas como somos no podemos amar al otro, ni tampoco a nosotros mismos, cosa que no es tan mala, sino el autorretrato que proyectamos de nosotros mismos, nuestra propia imagen o caricatura, que está en constante fabricación.

Somos incapaces de escuchar a nadie que no seamos nosotros mismos, porque vivimos encerrados bajo arresto domiciliario, como la tortuga en su caparazón, o el caracol en su concha, donde no pueden irrumpir los demás. La micropantalla no nos deja ver, nos obnubila, impide la mirada y nos ciega. Los auriculares nos ensordecen.

De la Red obtenemos información sin que sea necesario que salgamos al espacio público a buscarla, ya que es ella la que entra en nuestra vida privada impunemente a buscarnos a nosotros y a preocuparnos, pero esa intercomunicación digital que nos conecta con los demás, paradójicamente, nos aísla. La Red es una caja de resonancia de nuestra voz, como la botija vacía de Ferlosio donde retumban nuestros propios pedos. Es verdad que destruye la distancia que nos separa de los otros, pero eso no significa que surja el calor humano, que no surge, de la cercanía personal.

Además, los medios sociales proporcionan exclusivamente información, pero no fomentan la discusión y crítica de las ideas, sino sólo la autopromoción del informante, que hace publicidad de sí mismo y su marca registrada: EGO trade mark.

La verdad es que oímos muchas cosas, hay mucho ruido ensordecedor, pero pocas nueces: no nos detenemos a escuchar las voces y no nos paramos a distinguirlas, como decía Machado, de los ecos. Hemos perdido la capacidad de escuchar a los demás. Hoy cada cual convive con sus penas, con sus miedos, con sus sufrimientos, porque, y esto es lo más importante, el dolor se ha privatizado, se ha individualizado, se ha personalizado, impidiendo de este modo su politización, es decir, la transposición del ámbito privado al espacio público. El sufrimiento humano ya no es un problema sociológico, sino psicológico; ya no es político, sino individual.

jueves, 12 de octubre de 2017

Seguimos hablando griego

Andrea Marcolongo, una milanesa de 29 años, ha sido la primera sorprendida de que su libro La lingua geniale. 9 ragioni per amare il greco  se haya convertido en Italia en un best-seller con más de 150.000 ejemplares vendidos hasta la fecha. Ahora se ha traducido al castellano y lo publica entre nosotros Taurus como La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego. Justamente ahora que el griego como asignatura del Bachillerato de Letras (hoy Humanidades) se ha visto relegada junto con la filosofía al cajón de sastre de las optativas minoritarias que se resisten al criterio de rentabilidad económica resurge el interés, quizá por la mala conciencia de haber defenestrado esta materia, por la lengua de Platón.


Apunta la autora que cuando los políticos toman estas decisiones es porque tienen miedo de que aprendamos a pensar, y tiene razón.


Dice la autora en la entrevista concedida a El País que una de las razones que desanima a los mileniales a elegir esta asignatura es que la consideran una lengua muerta, que hace siglos que nadie habla y que no sirve para nada. En cuanto a lo último, es verdad: tanto el latín como el griego no sirven para nada efectivamente. Pero ¿para qué sirve todo lo demás? Esa es su grandeza: no servir. Preferir lo útil a lo inútil, lo que sirve a lo que no sirve,  sólo sirve, valga la redundancia, para convertirnos a nosotros en utilizados, en empleados, en siervos. 

Y, en cuanto a lo de que el griego es una lengua muerta, es mentira, no porque el griego se siga hablando en Grecia y en Chipre en la actualidad, sino porque nosotros mismos seguimos hablando griego sin ser conscientes de ello. Andrea Marcolongo, después de criticar la dicotomía lenguas vivas/lenguas muertas, lo expresa así: “A mí me gusta más hacer la distinción entre lenguas fértiles e infértiles. Y el griego es una lengua muy fértil que sirve para crear palabras nuevas”. Pone como ejemplo la palabra “xenofobia”: xenos es extranjero en griego y fobia es miedo; por tanto, xenofobia es el miedo al extranjero, un helenismo acuñado en el siglo XX, impensable en el mundo griego donde la hospitalidad era uno de los valores fundamentales, y una obligación casi sagrada, hasta el punto de que se invocaba a Zeus como Xenios o protector de los extranjeros.


Esto es lo que opinaba la autora del libro sobre los políticos y el griego clásico en la citada entrevista: “Las generaciones actuales son hijos de la crisis, sus padres han perdido su trabajo, y se les ha dicho que tienen que estudiar informática (¡y economía, entre nosotros!) porque es en ese campo en el que van a encontrar trabajo. Es como si estuviéramos persiguiendo un futuro que nunca llega. Dejamos el griego a un lado porque, además de considerarlo inútil, pensamos que es algo muy difícil, y en el sistema educativo actual reina el principio de que todo tiene que ser fácil. Pues no, no tiene que ser así. Estamos formando a futuros ciudadanos y debemos enseñarles que no todo en la vida es fácil. Además, tenemos que saber que todas las lenguas, incluso el griego, son política, nos enseñan a pensar, a ponernos en la mente del otro”.


Critica la milanesa también la invasión de los anglicismos y los emoticonos, esos pictogramas primitivos. Y trae a colación el emoticono que en 2015 eligió el diccionario de referencia de la lengua inglesa de Oxford como “palabra del año” (sic): una cara que se ríe derramando unas lágrimas, mucho más difícil de entender que cualquier helenismo.

martes, 10 de octubre de 2017

Antisthenes Schopenhauerque dixerunt


Antisthenes, cynicus philosophus, Atheniensibus qui gloriabantur quod essent indigenae -autochthoni in lingua Graeca, id est, aborigines qui nati in eo loco  erant ubi habitant- dicebat eos nihilo nobiliores bruchis* cochleisque esse qui in Athenis erant  nati. Cochlea* enim est limax, notum animal, testa inclusum tortili et turbinata, secundum Hermann Koller, quae in eadem domo qua nascitur, terrae patriae adfixa, moritur. 

*Bruchus

 *Cochlea
 
Athenienses autochthoni, qui sicut cochleae domi semper manebant, Ulyssis exemplum non sequebantur, nam patriam non relinquebant ut sapientiam acquirerent. Ulysses enim ad multa loca peregrinans longo uagatus est errore et singularem prudentiam “quod mores hominum multorum uidit et urbes”, ut poeta Homerus cecinit, assecutus est.

Omnibus igitur hominibus, maxime adolescentibus, conuenit uelut si e patria pulsi essent quam longissime peregrinari, sicut Ulysses ipse fecit, quia peregrinatio maiori rerum ordini et sapientiae instrumentum est. Adolescentem enim domi manere non oportet, sed sedes relinquere,  aliena litora quaerere, caelum nubesque imitari, motu peregrinationeque gaudere, atque alias terras, homines urbesque inuenire, ut ueram patriam, quae totus  est hic mundus, repperire possit.

  
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 Una nota de Schopenhauer sobre el nacionalismo



Die wohlfeilste Art des Stolzes hingegen ist der Nationalstolz. Denn er verrät in dem damit Behafteten den Mangel an individuellen Eigenschaften, auf die er stolz sein könnte, indem er sonst nicht zu dem greifen würde, was er mit so vielen Millionen teilt. Wer bedeutende persönliche Vorzüge besitzt, wird vielmehr die Fehler seiner eigenen Nation, da er sie beständig vor Augen hat, am deutlichsten erkennen. Aber jeder erbärmliche Tropf, der nichts in der Welt hat, darauf er stolz sein könnte, ergreift das letzte Mittel, auf die Nation, der er gerade angehört, stolz zu sein. Hieran erholt er sich und ist nun dankbarlich bereit, alle Fehler und Torheiten, die ihr eigen sind, πὺξ καὶ λάξ (mit Händen und Füßen)  zu verteidigen.
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"En cambio, la especie más barata del orgullo es el orgullo nacional. Pues denota en el que adolece de él la falta de cualidades individuales de las que pudiera estar orgulloso, ya que si no, no se aferraría a lo que comparte con tantos millones. Quien posee perfecciones personales relevantes más bien reconocerá con la mayor claridad los defectos de su propia nación, ya que los tiene constantemente ante sus ojos. Pero cualquier miserable tonto que no tiene en el mundo nada de lo que poder enorgullecerse adopta como último recurso el sentirse orgulloso de la nación a la que pertenece: con ello se siente aliviado y, en agradecimiento, está dispuesto a defender πὺξ καὶ λάξ (a puñetazos y coces) todos los defectos y necedades, que son los suyos propios."

(Traducción de Pilar López de Santa María, Parerga y Paralipómena I, Arthur Schopenhauer, Clásicos de la Cultura, Editorial Trotta, Madrid 2006)

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domingo, 8 de octubre de 2017

El oro que cagó el moro

En La Utopía de Tomás Moro el oro no se utilizaba para joyas y ornamentos, sino para “hacer orinales y bacinillas para las necesidades más inmundas”, lo que era una manera de envilecer la estima en la que se tiene de ordinario el preciado metal. Pero, de alguna manera, el oro no deja de ser, pese a su valor o quizá por eso mismo, “el vil metal”, expresión con la que se subraya el carácter envilecedor del dinero. También dice Moro que con oro se fabricaban los grillos y cadenas para los esclavos y prisioneros a los que se privaba de libertad, lo que nos sugiere que el dinero, que es la paga del trabajo asalariado, asegura la servidumbre del trabajador, y que aunque la jaula sea de oro no deja de ser prisión .

Si nos remontamos más atrás en el tiempo, en la descripción que hace Ovidio de la Edad de Oro, no existe como tal el oro, que no había sido todavía desentrañado de la tierra, porque ni siquiera había “propiedad privada” ni transacciones comerciales ni ninguna forma de dinero. El oro hará su aparición precisamente en la Edad de Hierro, que es la nuestra, según el relato hesiódico y ovidiano, en la que seguimos estando inmersos.

En la Comedia de la Olla de Plauto, ilustre antecesora del Avaro de Molière, se cuenta de Euclión que se tapaba la boca mientras dormía, tan codicioso como era, para que no se le escapase nada de aire: quin cum it dormitum follem obstringit ob gulam. A lo que el esclavo Ántrace se pregunta si se tapa también el agujero del culo (inferiorem gutturem, la garganta de abajo u ojete) para que no se le escape por ahí ninguna ventosidad (animai, con el viejo genitivo de la primera declinación en –ai), que él retiene celosamente como su más preciado tesoro: ANTHR. Etiamne obturat inferiorem gutturem, / ne quid animai forte amittat dormiens? (verso 305) Podría cagarse, en efecto, el viejo avaro, sugiere el esclavo, y perder así gran parte del oro que celosamente guarda en el interior de su olla. 


La inscripción que acompaña al Dukatenscheißer (Cagaducados, literalmente) de la Caja de Ahorros de la Bolkerstrasse de Düsseldorf, tiene que ver con un cuento alemán cuyo protagonista defecaba monedas de oro. Por eso la leyenda nos advierte de que el cuento casi nunca se vuelve realidad (dies Märchen wird wohl niemals wahr), la vida nos lo enseña (das Leben lehrt), así que nos aconseja: ¡sé listo y ahorra! (sei klug und spar).

 Otro Dukatenscheißer en la fachada del Hotel Kaiserworth en Goslar, Baja Sajonia (Alemania). 

Un refrán castellano que consta de dos octosílabos pareados con rima consonante reza: El oro hecho moneda ¡por cuántas sentinas rueda! La sentina es, sensu stricto, la cavidad inferior de la nave que se halla sobre la quilla donde confluyen las aguas que, de diferentes procedencias, se filtran por cubierta y costados del buque, convirtiéndose en aguas residuales que deben ser expulsadas cuanto antes por las bombas so pena de hundir el barco; lato sensu, la sentina es un lugar donde hay inmundicias y mal olor. De alguna manera el refrán relaciona el oro convertido en moneda de cambio, es decir, en dinero, con las heces y los excrementos

Uno de los cuentos folklóricos más extendidos y conocidos en el Siglo de Oro español es el del borrico que cagaba dineros, muy difundido en otros países y lenguas, del que hay numerosas versiones orales españolas, algunas en verso, a más de portuguesas y americanas. Hay también un cuento de los hermanos Grimm, que es La mesa, el asno y el bastón maravillosos, donde aparece la figura del borrico que cagaba doblones de oro. Este cuento podría relacionarse de algún modo también con la fábula de la gallina de los huevos de oro, que en la versión original de Esopo no era tal gallina, sino  una oca que Hermes regala a un ferviente devoto suyo. Es Babrio y no Esopo quien elige una gallina. Nuestro Samaniego y Lafontaine popularizaron esta gallina en castellano y en francés respectivamente. He aquí la versión de Samaniego:



Érase una gallina que ponía
un huevo de oro al dueño cada día.
Aun con tanta ganancia malcontento,
quiso el rico avariento
descubrir de una vez la mina de oro,
y hallar en menos tiempo más tesoro.
Matóla; abrióla el vientre de costado;
pero después de haberla registrado,
¿qué sucedió? que muerta la Gallina,
perdió su huevo de oro y no halló mina. 

 
El dicho popular castellano "el oro que cagó el moro", aparte de ser una rima fácil, como su correlato “la plata que cagó la gata”, facilitada por la homofonía de las palabras, se utiliza en nuestra lengua para demostrar que es oro de baja calidad, que no es oro de ley, que es, incluso, falso. Hay un componente xenófobo indudable, y antimorisco en esta expresión, motivado por la presencia de los árabes en la península ibérica y por su fama de falsificadores de monedas y de posesores de tesoros ocultos. La fama de falsarios y de hombres de “poca fe” (cristiana) de los moriscos, pese a estar bautizados, les atribuye a sus joyas de oro y de plata el hecho de estar rebajadas y, ser, literalmente, una mierda.

Pero lo que revela esta expresión, en el inconsciente colectivo, cuando en castellano se dice que algo es de oro “del que cagó el moro” no es sólo que sea falso o de ínfima calidad, denunciando que no tiene el valor que se le atribuye, o que ni siquiera es una joya y es más bien un artículo de bisutería barata, porque no es oro todo lo que reluce bajo el sol, sino, en el fondo, que el oro, sea de la ley que sea, hasta el más puro y legítimo, no deja de ser una mierda, algo que tiene valor por ser un bien escaso y por su larga duración, pero que no deja de estar ligado a las entrañas de la tierra, y, según el psicoanálisis freudiano, a la etapa anal de la infancia del ser humano: sus excrementos son la primera ofrenda, el primer producto y regalo que puede ofrecer el niño a sus mayores. 


En los belenes de Cataluña hay una figura llamada caganer en catalán que representa a un payés con un gorro frigio o barretina que, agachado y con las nalgas al aire, deposita su cagajón en las cercanías del pesebre como humilde ofrenda al Niño Jesús. No se trata del gesto obsceno que algunos interpretan como una blasfemia, sino más bien del regalo que  el pueblo humilde que no tiene ninguna otra riqueza le ofrece al recién nacido. Las nobles ofrendas de los Reyes Magos Melchor, Gaspar y Baltasar son oro, incienso y mirra: la riqueza y los aromas de Arabia. El pobre payés le ofrece por su parte el tesoro de las heces de su secreta defecación, como el niño freudiano que les enseña por primera vez a sus progenitores los excrementos propios de los que se siente orgulloso, su mayor tesoro.

viernes, 6 de octubre de 2017

Un patriota es un idiota

Patria, antes de convertirse en el sustantivo que es, era un adjetivo que hacía referencia a otro nombre que era padre, por lo que patrio quería decir relativo al padre, paterno. La forma femenina del adjetivo se aplicó ya en latín a varios sustantivos, por ejemplo a potestas: la patria potestas o potestad paterna era el poder que tenía el padre en principio y no la madre sobre los vástagos no emancipados. El paterfamiliās ejercía sobre sus hijos e hijas un derecho absoluto (iūs uītae necisque, derecho de vida y muerte), exclusivo de los ciudadanos romanos.

También se aplicó al sustantivo terra: patria terra: la tierra del padre, la tierra paterna. En este caso, el sustantivo acabó omitiéndose y cuando se decía patria se sobrentendía terra sin necesidad de mencionarla. En ese momento la forma femenina del adjetivo se sustantivó y pasó a significar “país natal, suelo natal, lugar de origen, nación”. Así por ejemplo Cicerón le reprocha a Catilina: Nunc te patria, quae communis est parens omnium nostrum, odit ac metuit: ahora a ti la patria, que es la madre común de todos nosotros, te odia y te teme.


Desde el siglo XV disponemos en castellano de la palabra patria. Tenemos también los compuestos expatriar, repatriar, patriota y compatriota (a través del griego patriṓtēs), patriotismo, patriotero, apátrida.

En francés se dice patrie, como en el célebre himno beligerante que es La Marsellesa: allons, enfants de la patrie En italiano es patria, como en castellano. En inglés, sin embargo, se dice homeland y fatherland, como en alemán Vaterland (tierra del padre), pero existen también patriot, patriotic, patriotism de clara raigambre latina.

En cuanto a las definiciones de patria el diccionario de la RAE da dos:
1. f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.
2. f. Lugar, ciudad o país en que se ha nacido.
Y recoge la expresión patria chica, que define como “lugar, pueblo, ciudad o región en que se ha nacido”, y la expresión patria celestial, que define como “cielo o gloria”.

En latín tenemos algunas buenas definiciones de patria:
-Patria mea tōtus hic mundus est: Mi patria es todo este mundo. Lo dijo Séneca.
-Ubi libertas ibi patria: Donde esté mi libertad, allí está mi patria.  Divisa de Benjamin Franklin.
-Ubi bene, ibi patria:  Donde se está bien, allí está la patria. Proverbio citado por Cicerón, que recuerda el verso de Pacuvio: Patria est ubicumque est bene: La patria está donde quiera que uno está bien.
-Nūlla terra exsilium est sed altera patria: Ninguna tierra es un lugar de destierro sino otra patria.  Atribuida a Séneca, por su carácter estoico y cosmopolita.


Y tenemos también algún verso de Horacio bastante despreciable, por cierto, y tristemente célebre, el hendecasílabo alcaico: dulce et decōrum est prō patriā morī. Es por la patria dulce y cabal morir. Lo escribió Horacio que no murió precisamente en combate defendiendo la república, sino que abandonó no muy decorsoamente su escudo, relicta non bene parmula, como Arquíloco, porque prefirió salvar el pellejo a convertirse en un héroe de epopeya.

Pasando a nuestras lenguas modernas, tenemos:
-Mi única patria, la mar. Verso de Espronceda, de  La canción del pirata.
-A minha pátria é a língua portuguesa: Mi patria es la lengua portuguesa.  Lo dijo Pessoa, en el Libro del Desasosiego, escrito con el heterónimo de Bernardo Soares.

 

-Ma patrie, c’est la langue française: Mi patria es la lengua francesa. Lo dijo Albert Camus al recoger el premio Nobel de Literatura en 1957.
-Die wahre Heimat ist eigentlich die Sprache: La verdadera patria es realmente la lengua. Lo dijo Wilhelm von Humboldt.

Contra la Patria y contra todas las patrias se levanta el grito popular de la gente de a pie, de los de abajo: “Un patriota es un idiota, mil patriotas mil idiotas”. No se trata con esa consigna de lanzar un insulto al patriotismo, sino de definirlo como lo que es: una forma de autismo, solipsismo, chovinismo y egoísmo, y, en definitiva, de idiotismo.

Mucho más que una rima graciosa y fácil de recordar y corear en manifestaciones callejeras, tiene un sentido muy profundo que hay que buscar en la etimología griega de ambas palabras: Patrioótees idioótees: un patriota es un individuo particular, alguien que tiene una naturaleza muy propia, muy suya, una idiosincrasia, una idiocia privada, alguien, como diría Ferlosio, que se pee en botija vacía para que retumbe y al que no le huelen mal sus propias ventosidades, pero sí los pedos ajenos, que llegan incluso a ofender a su fino olfato, pero no comprende que los suyos huelen tan mal y hieden tanto como los de los demás. (Nótese el recurso estilístico del eufemismo “ventosidad” aplicado a lo propio, frente a “pedo” a lo ajeno). 


El sufijo -ot- que comparten idiota y patriota se utilizó en griego para gentilicios de algunos lugares como, por ejemplo para los nacidos en la isla mediterránea de Chipre: Chipriota.  

El patriota tiene un idioóma, que es una particularidad (linguïstica) que lo aleja de lo común, de la lengua y la razón comunes, del logos, que decían los griegos, que está por debajo o por encima, como quiera verse la cosa, de todos las lenguas y dialectos de Babel. Y es que como dijo Heraclito: “Pensar es común a todos, pero cada hombre cree tener un pensamiento propio, unas ideas propias, un saber propio”. El logos es común a todos, como el sentido o la razón comunes, pero la lengua, el idioma y el idiolecto, es particular a cada uno, como las opiniones personales que se expresan por doquier.

El nacionalismo sirve para exacerbar el patriotismo en torno a lengua, bandera y demás monsergas y tradiciones culturales. La existencia de una lengua propia, como la de una patria, sólo sirve para distraernos e idiotizarnos con nuestro propio idioma y nuestra patria.

Dice el marqués de Maricá, don Mariano José Pereira da Fonseca,  que el patriotismo mal entendido es egoísmo o idiotismo. Haría falta saber qué es el patriotismo bien entendido según él, porque cualquier patriotismo bien o mal entendido es una forma de egocentrismo mejor que de egoísmo y de autonfaloscopia, es decir, de autocomplacencia en la contemplación del propio ombligo, y, por lo tanto una forma de idiotismo que excluye a los demás y se excluye a sí misma de la comunidad. 


Ahora bien, todos los patriotismos tienen algo en común, y algo de razón en ello: el odio hacia los demás patriotismos, que se ven como particularismos ridículos. También dijo el susodicho marqués, en la lengua de Pessoa, que "A Filosofia, quando não extingue, dilui o patriotismo", es decir, que la filosofía sirve para diluir o atenuar, cuando no para extinguir, el patriotismo, y, diríamos también, el chovinismo, que es un patriotismo exacerbado o nacionalismo hiperbólico, que refleja una admitación exagerada y exclusiva por el país propio, es decir, una exaltación desmedida de lo nacional frente a lo extranjero, de lo particular frente a lo general y común. El nombre de Chovinismo procede al parecer de un soldado Nicolas Chauvin que defendía su país, la Francia y su bandera tricolor, por encima de todo, y que sólo sabía gritar “yo... yo...” como un idiota: “Je suis Chauvin, je suis Français”. 
 
Patria o muerte” una falsa disyuntiva: patria (como cualquier otra idea) es muerte de lo que podía haber por debajo de la idea.

Se cita mucho en castellano la frase La verdadera patria del hombre es la infancia,  y se le atribuye a Rainer Maria Rilke, quien, por lo poco que yo sé, nunca dejó escrita ni en prosa ni en verso una cosa así. Sin embargo, en el mundo literario hispánico es un tópico ya consolidado, siempre que se habla de la infancia,  recurrir a esa cita y endilgársela a Rilke.

En el prólogo de sus “Dos historias de Praga” (1897) Rilke escribió: „Dieses Buch ist lauter Vergangenheit. Heimat und Kindheit – beide längst fern – sind sein Hintergrund.“ Este libro es el pasado sin más. La patria y la infancia - ambos de larga distancia – son su trasfondo. Aquí junta por primera vez las dos palabras Heimat, que es patria y es hogar y es lugar natal, con Kindheit, que es la infancia, pero porque son el telón de fondo de sus relatos: su niñez y su patria chica, su Praga natal, no porque haya establecido la ecuación de que su patria es su infancia. Rilke, que, en efecto, nació en Praga, no sentía que esta ciudad fuera su “Heimatstadt”, su ciudad natal, su patria, por lo que no sentía un especial aprecio por ella. Dejó a propósito escrito: „Nur werden wir nicht in unsere Heimat geboren, und mir scheint sogar, als ob alles Große immer aus diesem Verlangen gekommen wäre, sie irgendwo zu finden – offen und festlich und wie wartend unsere Wiederkehr.“ No hemos nacido en nuestra patria, y hasta me parece como si todo lo bueno siempre hubiera venido de este deseo de encontrarla en algún lugar –abierta y festiva y como esperando nuestro regreso .

También hay quien atribuye la frase  a Baudelaire, pero sin mucho fundamento tampoco, por lo que a mí se me alcanza. Suele pensarse que, como metáfora que es, la formuló algún poeta, ya sea Rilke, que para los alemanes es el prototipo del poeta lírico en su lengua, ya sea Baudelaire, para los franceses.

 El dibujante argentino Liniers se hace eco de la falsa cita de Rilke, y le añade una bella coletilla de su cosecha.

Rilke ha dicho cosas muy bellas sobre la infancia, y le ha dedicado muchos versos a ese "camarín que guarda el tesoro de los recuerdos", pero nunca dijo que fuera la verdadera patria del hombre como se ha hecho proverbial entre nosotros.

jueves, 5 de octubre de 2017

Lecciones de economía: y 11.- Execración del dinero

Hay quienes, declarándose anticapitalistas, consideran, no sin una ingenuidad de lo más candorosa por su parte, que otro sistema financiero es posible y que hay que apostar por una banca pública alternativa bajo control democrático de las inversiones y beneficios, que no se subordine al gran capital y  que impulse políticas económicas ajenas a los intereses del poder financiero y favorecedoras de la gente, a pesar del descubrimiento de que las entidades bancarias estafan impunemente a sus clientes e incluso los asaltan con audacia digna de delincuente: no son los ladrones los que asaltan el banco sino los propios banqueros los que extorsionan como vulgares cacos a sus clientes con prácticas que calificaríamos con el adjetivo de moda por lo menos de tóxicas,  que los enriquecen a ellos a costa de empobrecer a cientos de familias con préstamos e hipotecas. La Banca, como en los juegos de azar, -hagan juego, señores y señoras- no sólo nunca pierde, sino que siempre gana y se las arregla para llevarse la parte del león.

Durante la crisis consustancial al sistema económico se ha visto cómo el Estado socorría cual caballero medieval y rescataba con fondos públicos  a la bienamada damisela de la Banca en apuros, que amenazaba con declararse en bancarrota. Si la Banca incurriera en los números rojos de la ruina, se desplomaría todo el sistema con ella. Los que claman por una economía de rostro más humano critican las faraónicas ayudas estatales otorgadas, a la vez que proponen como solución del problema la nacionalización de los bancos por parte del Estado, que crearía así una banca pública potente, con vocación social de servicio ciudadano, alejada de malas prácticas, con criterios de proximidad a los votantes y contribuyentes, sobre todo en el mundo rural y ajena  al sistema financiero estafador, corrupto y especulativo, lo que es una contradicción interna porque la Banca en general y cualquier tipo de entidad bancaria en particular se fundamentan precisamente en la estafa, la corrupción y la especulación.


Aquí no vamos a proponer ninguna solución al problema, que no tenemos. Lo que hemos venido haciendo a lo largo de estas entregas en las que hemos ido desgranando cómo la economía se ha convertido en la nueva religión -laica, eso sí, pero no menos religiosa que la otra- es un análisis del problema, es decir, en el sentido etimológico del término, una disolución. En lugar de buscar alternativas al sistema económico imperante, deberíamos perder nuestra fe, que es su único sustento, en él,  y la confianza de que puede cambiarse a mejor, y ya veríamos después lo que pasaba. En lugar de buscar una solución al problema, proponemos la disolución.

No todo se reduce a dinero, pero no porque haya cosas y personas de por sí que se salven de la quema, sino porque no hay todo que valga. Pero el hecho de que no pueda cumplirse ese ideal totalitario y el que sea mentiroso y falso como Judas no significa que no sea mortífero y letal para la gente que no se cuenta.

El dinero te proporciona un futuro como si te estuviera dando la vida -a veces decimos que hay que ganarse la vida, cuando queremos decir que hay que ganar dinero, equiparando dos términos que no son equivalentes en modo alguno sino contrapuestos y aun repugnantes-, ya que lo que te da el dinero en realidad es un sustituto, un simulacro, un sucedáneo de la vida, pero no la vida desde el momento en que te está matando al exigirte  que te sacrifiques en sus aras. El futuro es algo que no está aquí, es un objeto de fe, como la propia muerte, siempre futura, nunca presente, que el Estado y el Capital se encargan de administrarnos en cómodos plazos.

 
El Estado está al servicio del Capital, y viceversa. Eso puede verlo cualquiera. No hay la menor diferencia entre lo uno y lo otro. No hay distinción entre educación pública y educación privada, de hecho ambas forman una tupida red de "centros sostenidos con fondos públicos", como tampoco la hay entre televisión pública y privada, desde el momento en que Estado y Capital son dos caras de la misma moneda, los políticos meros gestores económicos, y los economistas los que dictan las líneas maestras de la política y gobierno.

Hay que decir, ya que estamos hablando de educación, nunca bancos y empresas tuvieron tanto “interés” hasta ahora, nunca mejor empleado el término, en la educación, ni tanto poder para imponer sus criterios al margen de unas administraciones que se limitan a aplaudir estas “innovaciones pedagógicas” consistentes en la utilización de las TIC, acrónimo de Tecnologías de la Información y la Comunicación, cuando nunca hemos estado más desinformados e incomunicados que ahora gracias precisamente a esos cacharros vertiginosamente obsolescentes que nos venden, y los medios digitales como herramientas fundamentales del conocimiento y la necesidad de adaptarse a las “necesidades que impone la sociedad del siglo XXI y el nuevo milenio" fomentando la educación financiera mejor que la filosofía, la literatura o la música y las artes. Nunca antes se había criticado tanto el gran fracaso de la educación actual, la necesidad de cambiar radicalmente las metodologías a fin de adaptarse a los "nuevos" tiempos que corren, la falta de preparación y motivación del profesorado y el hecho de que su papel se limite, como si eso fuera poco, a ser un mero (sic) transmisor de conocimientos, ya que debería ser una especie de guía espiritual o gurú, es decir, un pedagogo como el único que hubo, al decir de Machado, como Herodes, que llevaba a los niños a ya sabemos dónde.

 La barca de Caronte, José Benlliure (1919)

Por otro lado, los psicólogos, esos modernos psicopompos o psicagogos como Caronte de almas muertas,  apelan a que expresemos nuestras emociones positivas, a que derrochemos a tutiplén el optimismo más simplista y ramplón, a la ingenuidad del pensamiento positivo y el wishful thinking que nos vaticinan la tierra prometida de una felicidad inalcanzable, a que proclamemos nuestros amores y no nuestros odios. De hecho se ha criminalizado y tipificado el delito de odio, pero no el del amor: hay que ser lover y no hater. Nos invitan a que expresemos nuestros gustos personales, opiniones e idiotismos apretando el botón de "me gusta" en todas las redes sociales. Te hacen creer que si no te adaptas a la sociedad no es problema de la sociedad sino un problema personal tuyo propio, que eres un in-a-dap-ta-do, pero que puedes solucionar "tu problema" con medicación o con la ayuda psicotearapeútica de un coach profesional y personalizado siempre que seas más positivo y políticamente correcto y estés dispuesto a empezar el día por la mañana con una generosa sonrisa de oreja a oreja . 

Nos aconsejan que no seamos la oveja negra del rebaño, con lo que nos están diciendo por otra parte que, efectivamente, somos una oveja y formamos parte de la grey de un rebaño, que no seamos la manzana podrida del cesto que contagia su podredumbre a las demás, que nos conformemos con la realidad, porque eso es todo y lo único que hay. Alimentan el consumismo fomentando nuestro papel de consumidores y te aconsejan una tarde de compras ociosas contra la depresión y la melancolía, a la vez que predican la obediencia social más acrítica y ciega y nos imponen la conveniencia de una estúpida felicidad. Sin embargo, lo que le sale a la gente de lo más profundo como desahogo, lo que nos viene de abajo, porque de arriba no puede venirnos nada bueno, es maldecir a Dios y cagarse en lo más sagrado, que es Él,  es decir, el dinero y la madre que lo parió.

martes, 3 de octubre de 2017

Carpe diem


Los tatuajes están de moda. Y hay gente a la que le gusta tatuarse, además de alguna imagen, una frase. Y hay quienes eligen el latín como lengua de expresión de esa frase, quizá por la economía lapidaria de nuestra entrañable lengua muerta.

 

Es el caso del célebre "carpe diem" de Quinto Horacio Flaco, que significa, como se sabe, "coge el día", lo que quiere decir "aprovecha el momento, no lo dejes escapar". No quiere decir, como a veces se piensa, que haya que disfrutar a tope porque la vida son dos días y la muerte algo inminente, porque ¿quién es capaz de disfrutar a tope pensando una cosa así ante la perspectiva de la amenaza sombría de la espada de Damoclés sobre nuestras cabezas?

Es algo más profundo que eso. No es un mal consejo en lo que de negativo conlleva, disuadiéndonos implícitamente de regodearnos en el pasado o en el futuro, porque tanto el pasado como el porvenir son formas del tiempo cronometrado que se le imponen a nuestra vida, que matan nuestras posibilidades de vida aquí y ahora; nos está sugiriendo que nos liberemos de nosotros mismos, de nuestro pasado y de nuestro futuro, pero no funciona tan bien en el consejo explícito y positivo que nos da porque nos está  ordenando con un imperativo (carpe, como si dijéramos: ¡haz esto…!) que nos aferremos al momento presente, al instante, lo que no deja de ser una orden que tenemos que cumplir -¿y cómo voy a librarme de mí mismo si tengo que cumplir una orden?-, y además emplea el término “momento” (diem en latín), que precisamente no nos deja salirnos del tiempo cronometrado en el que estamos inmersos y del que quiere liberarnos. La intención es buena porque nos exonera del pasado y del futuro, no se puede negar, pero, como contrapartida, nos encadena al momento presente.

 Fotograma de El club de los poetas muertos (Dead poets society), de Peter Weir (1989)

El poeta, en otras palabras, nos dice que en lugar de lo que hacemos habitualmente que suele ser vivir en el ayer recordando siempre lo que hicimos el otro día o hace cuatro años e identificándonos así con nuestros numerosos antepasados, o vivir en el mañana haciendo planes para el fin de semana que viene, o proyectos para las próximas vacaciones, para un futuro inasible porque el futuro por definición es lo que no existe todavía, lo que está siempre por venir y no acaba de llegar nunca, proyectándonos así en la también numerosa descendencia de nuestros heredereos,  deberíamos ocuparnos de vivir... íbamos a decir "el presente". Pero ¿qué es el presente? Si el pasado no existe porque son recuerdos y el futuro tampoco porque es la proyección de nuestros deseos o temores ¿qué es el "presente"?

Socráticamente, humildemente, hay que reconocer que no lo sabemos. Lo más que podemos decir es que hay que vivir ahora, ahora mismo -y no estamos diciendo que haya que vivir "el ahora", que no es lo mismo, sino ahora. Ahora es una palabra deíctica, que no tiene significado ni se deja definir y por eso nos saca de la realidad y nos libera del tiempo, que, cuando la pronunciamos, ya ha pasado. Y ¿qué quiere decir eso? Pues que tendríamos que dejar de habitar en el pasado y dejar al mismo tiempo de alojarnos en el futuro porque, mientras hacemos eso, no vivimos aquí y ahora mismo. Sencillamente.


Tu ne quaesieris (scire nefas) quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. Vt melius quicquid erit pati!
Seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum, sapias, uina liques et spatio breui
spem longam reseces. Dum loquimur, fugerit inuida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.

(Horacio Odas I, 11)

Tú no indagues (saber no es menester) plazo que a mí y a ti
dios del cielo nos dio, Cándida, y no te hagas babilonio tú
un horóscopo. ¡Más vale sufrir cuanto nos venga a ser!
Si es que Júpiter da más o te dio tu último invierno ya,
éste que hace amainar contra el cantil hoy al Tirreno Mar, 
ten sentido común, vino a colar pon, y en tan breve luz 
deja el largo esperar. Que en el hablar ídose el tiempo habrá
hostil. Coge la flor de hoy, sin creer nada en el porvenir.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Vuelta a la rutina y la normalidad



A la hora de traducir la expresión “vuelta a la rutina” de la viñeta del dibujante José María Nieto al latín me encuentro con la dificultad de que no hay una palabra equivalente en la lengua del Lacio para "rutina". Siguiendo la sugerencia del diccionario de don Agustín Blánquez Fraile, puedo recurrir a la expresión irrationalis usus, que ya usara Quintiliano y que, literalmente traducida a su vez significa “costumbre irracional”. No es mala definición para una rutina: algo que se hace por costumbre sin mucha razón.

El caso es que la palabra “rutina” deriva de “ruta”, que nos entró procedente del latín rupta por la vía del francés route: en el sentido de camino abierto en la espesura de la naturaleza, que se ha roto para el caso. Hay usos que avalan la expresión uiam rumpere: abrir paso por donde no lo había, por ejemplo, por un bosque u otros obstáculos. La expresión uia rupta se abrevió en rupta que evolucionó a ruta: trazar una ruta, hacer un camino. Del francés routine, derivado a su vez de route, nos llegó al castellano la dichosa rutina, que propiamente era la marcha por un camino conocido, por una ruta ya trillada.

Lo mismo sucede con el concepto de “normalidad”. Norma era el nombre latino de una herramienta: de la escuadra del albañil o del carpintero. El adjetivo normalis -e, relativo a la norma, significaba por lo tanto que algo estaba hecho a escuadra, o que estaba trazado con una regla. De esta palabra proceden nuestra normalidad, lo normativo, lo anormal o alejado de lo normal, lo que está por debajo de lo normal o subnormal y lo enorme, que se sale de lo normal.

Vuelta a la normalidad: cartel de mayo de 1968, París:

Ahora que concluye septiembre, que es a los meses lo que el lunes a los días de la semana,  no está mal la reflexión gráfica del dibujante sobre lo que supone la vuelta a la rutina tras el período estival de vacaciones. Curiosa palabra "vacaciones". Ya existía en latín: uacatio, uacationis: exención, dispensa, precio que se paga por librarse del servicio militar; y estaba relacionada con el verbo uacare: estar vacío, libre, desocupado; estar despreocupado, vacante, ocioso, tener tiempo libre. Originó nuestro verbo vagar con el sentido de disponer de tiempo libre, que enseguida se confundió con uagari: vagar, andar errante, ir sin rumbo, de donde uagabundus y uagus: vagabundo y vago. De este último verbo, que a pesar de su homofonía, poco tiene que ver con el trabajo de las vacaciones y del ocio, derivan nuestra vaguedad, vagancia y extravagancia, y nuestro divagar.